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Crítica de «El gran Buster»: Keaton forever

Bogdanovich triunfa en lo más importante: deja hablar a Keaton, aunque siendo un cómico silente esto significa dejar que su cine hable por él

Buster Keaton
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Peter Bogdanovich, que empezó siendo cinéfilo y escritor de cine antes de convertirse en un cineasta de irregular fortuna, consigue juntar aquí todas esas diversas facetas al firmar un documental sobre el gran cómico y mejor, si cabe, realizador que fuera Buster Keaton. Como documental hay que decir que es más bien convencional: la voz en off de Bogdanovich, que nunca fue un crítico excelso pese a tener varios libros de entrevistas esenciales, no se muestra especialmente elocuente a la hora de rescatar la memoria de Keaton (al menos no incurre en el viejo y cansino debate de compararlo con Chaplin).

Esto no puede calificarse de ningún modo con ese término, tan de moda en el mundo cinéfilo y académico contemporáneo, de ensayo audiovisual. Más bien parece un reportaje laudatorio de encargo que se beneficia, eso sí, de una documentación audiovisual apabullante. Tampoco se libra Bogdanovich de convocar un desfile de personalidades que confiesan su devoción por Keaton. Algunos tratan de decir algo sobre su legado, sobre la significación de su figura: cineastas de prestigio como Tarantino o Herzog (los opuestos se atraen), y cómicos como Dick van Dyke o Mel Brooks, se unen a algunos amigos cercanos del artista, que son los que cuentan algunos de los detalles y anécdotas más interesantes.

Bogdanovich finalmente triunfa en lo más importante: deja hablar a Keaton. Siendo un cómico silente esto significa dejar que su cine hable por él: al ver generosos fragmentos de muchas, muchas, escenas con muchos, muchos de sus gags, hasta el espectador menos dispuesto tiene que rendirse ante lo sublime de esta comedia física que ha desaparecido del verboso cine posterior. Y quienes le amamos desde siempre (quien esto firma profesa una devoción extrema por «El cameraman», pese a que Bogdanovich repite aquí el lugar común de verla como el comienzo de su decadencia artística) asistimos una vez más transidos al despliegue de la belleza formal de cada movimiento, de cada elocuente expresión de esta supuesta caradepalo, de cada caida en (des)gracia, de cada inverosimil recuperación del equilibrio, de cada vibrante episodio de la eterna batalla de este pierrot lunar contra los elementos. Claro que escribir de los cómicos mudos es, ejem, como bailar de arquitectura: hay que verlo para creerlo.