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Oti Rodríguez MarchanteOti Rodríguez Marchante

Crítica de «First man»: El corazón enterrado y el pie en la Luna

«Ese transcurrir de la película entre pruebas de vuelo y pruebas de duelo consigue que Damien Chazelle domestique, amanse, la épica nacional y la funda con una sutil épica íntima»

Escena de First man - El primer hombre - Vídeo: Tráiler de «First man»
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Damien Chazelle, el director de dos de las mejores películas de los últimos años, «Whiplash» y «La La Land», no podía contentarse con mostrar algo que ya habían visto varias generaciones del mundo entero: ese primer paseo por la Luna de Neil Armstrong. Lo muestra, sí, y también parte de la aventura espacial norteamericana durante la década de los sesenta hasta que en 1969 llegó el Apolo 11 a la superficie lunar, pero su mirada profundiza no tanto en la revisión histórica de la odisea y en su trascendencia para la humanidad, como en los interiores oscuros, trágicos y fríos del personaje, contenidos, explorados y trasmitidos por esa interpretación distante y atormentada con la que el actor Ryan Gosling sabe lacrar su imagen en la pantalla.

«First Man» es un doble juego de acciones paralelas interrelacionadas: el paso a paso, más lleno de sacrificios y trágicos tropiezos que de épica y gloria, de la carrera espacial entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, y la profunda crisis existencial del principal protagonista de la aventura, un hombre atascado por la muerte de su hija y la rotura vital que ello supone. Ese transcurrir de la película entre pruebas de vuelo y pruebas de duelo consigue que Damien Chazelle domestique, amanse, la épica nacional, global, y la funda con una sutil épica íntima, y que ambas se contagien de la temperatura fría y cálida que tiene la otra.

Casi todas las pegas que se le pueden poner a esta película son, en el fondo, virtudes de guion y elecciones arriesgadas de puesta en escena. No se centra en la impresionante espectacularidad e intriga de la carrera espacial, pero está llena de secuencias complejas y espectaculares que la cuentan. No entra hasta el mango del cuchillo en el drama familiar de Neil Armstrong, pero sugiere con momentos de hogar untados de una fina capa de amargura el peso de los personajes, y la inexpresividad de Gosling y la capacidad dramática de Claire Foy (su esposa) entienden las intenciones de la cámara. No se olvida de la grandeza de lo que se narra (sin alardes, ni vítores), pero muestra con gran sentimiento (diluido) lo pequeño, lo personal. Quizá la hazaña histórica se mereciera una tensión y un entusiasmo mayores, pero la franja humana del heroísmo y el sacrificio individual la muestra con las mismas gotas justas de amargura que el batería de “Whiplash” o el pianista de “La La Land”.