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Crítica de «Los fantasmas de Ismael»: Desplechin desbarra un poco

Desplechin prolonga aquí temas y motivos de su cine anterior, empezando por el protagonismo de su «muso» habitual Mathieu Amalric, aquí muy pasado de rosca

Fotograma de «Los fantasmas de Ismael»
Fotograma de «Los fantasmas de Ismael»
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Uno se crió viendo películas de Arnaud Desplechin en Cannes, festival al que está abonado y cuya edición de 2017 inauguró con este retrato de un cineasta en crisis, no se sabe si de carácter autobiográfico, o simplemente histérico-narcisista, que no está entre sus mejores trabajos. Prolonga aquí temas y motivos de su cine anterior, empezando por el protagonismo de su «muso» habitual Mathieu Amalric, aquí muy pasado de rosca pero cuya angustia nunca resulta especialmente emotiva y sugiere sobre todo más falta de sinceridad (por parte del guionista y director, no del actor) que otra cosa.

Para empezar, no tiene tantos motivos, salvo quizá que la película de espías que está rodando le parezca tan boba como a nosotros, a juzgar por los amplios fragmentos que atisbamos. Pero sobre todo porque, aquí entra el narcisismo, está rodeado de gente que le apoya: un productor comprensivo, una actriz que le consuela en lecho y plató, y otras dos mujeres que se disputan su amor fuera del rodaje.

Aquí, en ese triángulo, habría una buena película, si no estuviera contada, aquí entra la histeria, de forma tan acelerada ni tan llena de bandazos, gritos y salidas de tono. Charlotte Gainsbourg, ese gusto adquirido, es una científica que le ofrece una entrega sin problemas: un amor casi prosaico de tan puro y directo. Pero se enfrenta a un fantasma de nombre vertiginoso (de «Vértigo»), la Carlota que Marion Cotillard convierte sin despeinarse (salvo cuando baila un tema inbailable de Bob Dylan) en el tipo de mujer imposible, inasible, por el que un hombre puede volverse loco. Y el médico le receta diazepán…