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Crítica de Lo que esconde Silver Lake: El cine negro por los subsuelos de L.A.

«La película tiene una factura distinta, retadora, «cool», como si con ella el director pretendiera subir un peldaño a esa estilización del neo-noir»

Andrew Garfield en «Lo que esconde Silver Lake»
Andrew Garfield en «Lo que esconde Silver Lake»
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El director, David Robert Mitchell, encuentra el modo de hacer convivir en su película todo lo mejor y peor de Hollywood, de su cine y de su geografía, en una especie de pastiche en el que se oye la respiración de Chandler, las obsesiones de Hitchcock y los trastornos de David Lynch en un surrealista relato que llega a la pantalla a través de un personaje preñado de referencias y sustancias. Lo interpreta Andrew Garfield en modo Anthony Perkins sin tomar su dosis de ansiolíticos. Es el reverso de Philip Marlowe, pero igualmente un tipo solitario y fatal que curiosea sin método la desaparición de una vecina, lo que le lleva a descubrir ese metafórico subsuelo o mundo interior de un Los Ángeles paranoico y absurdo.

La película tiene una factura distinta, retadora, «cool», como si con ella el director pretendiera subir un peldaño a esa estilización del género que se conoce como «neo-noir» y propusiera claves y conspiraciones que no se acaban de enfocar sobre el mundo y sus poderes de entretenimiento, desde la música al cómic. No hay excesivo contacto con la simpatía ni en los personajes ni en lo que viven y cuentan, pero sus grandes dosis de incongruencia y disparate contienen algo parecido a un raro sentido del humor, entre inteligente y ridículo, que puede resultar efectivo. Todo tan moderno que, en el fondo, se siente como trágico.