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Crítica de «Downton Abbey»: Abajo, arriba... y encima de todo

La condesa, su amiga del alma y confidente y su némesis Imelda Staunton forman un trío de arpías que ríete tú de las brujas de Macbeth

Imagen de Maggie Smith en «Downton Abbey»
Imagen de Maggie Smith en «Downton Abbey»
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«Downton Abbey» no critica el «establishment» británico del momento, lo que para muchos significará que está cerca de celebrar un sistema de clases y castas inmune al mundo exterior. Autoinmune, habría que decir parafraseando al Dr. House: una huelga general se solventa, por alusiones, con una de las celebradas salidas de tono de la patricia Maggie Smith. La condesa, su amiga del alma y confidente y su némesis Imelda Staunton forman un trío de arpías que ríete tú de las brujas de Macbeth, o de las más benignas de Terry Pratchett. Sus afiladas réplicas que escuecen como una poción venenosa son razón de sobra para disfrutar con esta expansión a la gran pantalla de una serie que tengo el raro privilegio de desconocer; pero pese a mi prevención disfruté viéndola como si fuera un partido de, hum, cricket.

Hay que decir que los demás personajes tienen unos diálogos casi tan deslumbrantes como los del trío de brujas. Escrita por el mismo Julian Fellowes que escribió la serie (y esa primera variante, más sarcástica, que fue «Gosford Park»), «Downton Abbey» es una maquinaria tan bien engrasada como las instituciones que, de forma idealizada, representa. La de la nobleza rural inglesa; abajo, la del colectivo de empleados que les da servicio; y encima de todos, la de la propia realeza británica que anuncia su visita a la mansión de la familia Crawley.

La misión entonces es acoger como se merece, aunque sea por una sola noche, a la pareja real, quedando a la altura de lo que la familia, las dos familias, representan. Un reto trivial, una mera cuestión de etiqueta, me dirán, pero que aquí se vive como un drama de primer orden, y proporciona además un villano que les dejamos descubrir si van a verla. Hay un final espectacular, una voluntad de clausura a la hora de resolver cada conflicto personal que roza lo paródico de puro rosa, y un inevitable sentido de transmisión de ese mundo-burbuja que se materializa en el relevo que anuncia la condesa Maggie. Esperemos que se quede en eso y no anuncie una nueva franquicia.