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Crítica de «Dogman»: Fábula sobre la fragilidad en bruto

«La mirada a la animalidad del hombre es tan intensa como, en cierto modo, compasiva»

Escena de Dogman
Escena de Dogman
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Al excelente director Matteo Garrone se le conoce esencialmente por «Gomorra», y algo de ella (otro entorno, otro paisaje y paisanaje) hay en «Dogman», en la que la mirada a la animalidad del hombre es tan intensa como, en cierto modo, compasiva.

Aunque increíble, la historia tiene una base real, de hecho ocurrido, que se sitúa en un andurrial a las afueras de Roma y con dos personajes extremos, un tipo escuchimizado, buena persona en unos malos ambientes y un submundo que él mismo alimenta, pues alterna su dedicación como peluquero de perros con la del negociete doméstico de tráfico de cocaína para el vecindario; el otro personaje es el matón del barrio, alguien brutal y descerebrado, y tan incontrolable que resulta tan peligroso como amigo que como enemigo.

La relación entre esos dos personajes, la mezcla explosiva de debilidad y de fuerza violenta, la descripción sórdida del embarrado ambiente, del miedo, la precaución, la crueldad, las dificultades para mantener algo de dignidad y la constante incertidumbre sobre qué o quién tiene el timón de esas vidas hacen de la película de Garrone una fábula tensa, inquietante, que produce profundo malestar y que advierte de los peligros y engaños de conceptos como fragilidad y fortaleza. El actor Marcello Fonte, como escapado del humanismo de De Sica, ganó el premio de interpretación en Cannes, y cualquiera se lo tose.

Dirección: Matteo Garrone. Con: Marcello Fonte, Edoardo Pesce, Nunzia Schiano