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Crítica de «La corresponsal»: Retrato con chaleco antibalas

Rosamund Pike lleva a la gran pantalla a la célebre reportera Marie Colvin en la «opera prima» de Matthew Heineman

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Hay dos frases de Sean Ryan, antiguo editor del diario «The Sunday Times» –Tom Hollander en la película–, que resumen lo que supuso Marie Colvin, reportera de mil batallas legendaria, no solo porque el oficio le costó un ojo de la cara en uno de los primeros pagos. A Ryan su empleada le daba «más miedo que la guerra», aunque esto no lo dice en la película. Lo que sí le suelta «ante las cámaras» es algo así: «Tienes que estar fuera de tu sano juicio para hacer lo que haces, pero si tú pierdes tus convicciones, ¿qué nos queda a los demás?».

Testigo de lo peor del ser humano, la cámara se aproxima a Colvin con pasión y conocimiento, y con una interpretación fantástica de Rosamund Pike, pero no llega a profundizar de verdad en su pensamiento, no consigue quitarle el chaleco. Vemos a la corresponsal jugarse la vida y ahogar sus fantasmas, incluso se atisba una justificación a su temeridad ante el riesgo.

Faltan sus palabras, por completar el retrato, sobre todo si tenemos en cuenta que se ganaba la vida con ellas. Esa ausencia, combinada con una estructura incompleta, impide que el espectador salga saciado del todo.