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Crítica de «El collar rojo»: Amor y trincheras

La película es sencilla y profunda, como un pozo en mitad del desierto

François Cluzet en «El collar rojo»
François Cluzet en «El collar rojo»
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Jean Becker es uno de los grandes directores europeos e hijo de otro aún más importante, Jacques («París, bajos fondos»). No tienen nada que ver con la rama tenística del apellido. El autor de «La fortuna de vivir» y «Conversaciones con mi jardinero» relata aquí un episodio menor de la Primera Guerra Mundial, un «ultraje a la nación» que no está escrito pensando en oportunistas lecturas. El origen es novelesco.

Un héroe de guerra, Nicolas Duvauchelle, condecorado con la Legión de Honor, aguarda en el calabozo mientras su perro ladra en la puerta. El juicio ha sido encomendado al siempre eficaz François Cluzet (seguro que lo conocen por «Intocable»), que viene demostrar que la inteligencia militar no es un oxímoron, como sostenía Groucho. Solo hay otros dos personajes importantes en esta pequeña obra, la enamorada Sophie Verbeeck y el fiel can, que tiene más líneas de diálogo.

La película es sencilla y profunda, como un pozo en mitad del desierto. La intriga, leve y quizás insuficiente, se va desmadejando mientras Becker nos habla de misterios más importantes, los del amor (preferibles) y los de la guerra (abominables). No es una de sus grandes películas. Es casi un cuento, no solo por su brevedad, que sin embargo contiene más sabiduría que la filmografía completa de otros directores.