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Oti Rodríguez MarchanteOti Rodríguez Marchante

Crítica de «Cold war»: Obra maestra de principio a fin

«No será este año cuando vean una película mejor»

Fotograma de «Cold war»
Fotograma de «Cold war»
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Pawel Pawlikowski es el director polaco que hizo «Ida», una brillantísima miniatura en blanco y negro sobre una novicia, con la que ganó el Oscar a la mejor película en lengua no inglesa. Era difícil que con su siguiente película consiguiera acercarse a la belleza y la profundidad de «Ida». Difícil, pero no imposible: en «Cold war» lleva la imagen (también en blanco y negro) y la música a lugares a los que la sensibilidad de uno tiene que ponerse de puntillas para alcanzar lo sublime de su altura. Dos conceptos, altura y profundidad, que parecen antagónicos pero que producen similar vértigo, y que Pawlikowski aplica a su cine por fuera y por dentro. La historia que cuenta en «Cold war» produce vértigo de altura en lo que ves, en lo que oyes, y profundo arrebato y mareo en lo que sientes.

Le dedica la película a sus padres, por lo que hay que sospechar que contiene algunos reflejos autobiográficos: el encuentro de un músico que dirige un programa de coros y músicas tradicionales (en la Polonia de postguerra) con una joven en posesión de una voz y una gracia infinitas es el punto de partida para narrar una historia más allá de lo romántico, tan cargada de pasión, amargores, encuentros y adioses, que está en cierto modo impregnada de «efecto Casablanca», y tan perfectamente encuadrada y musicada, dicha, sentida e interpretada, que no hay el menor resquicio en ella por el que escapar a su desesperado, volcánico y demoledor encanto.

El arranque es deslumbrante, con la mixtura de voces, coros e ideologías en esa Polonia soviética, y que forma un primer bloque (podría considerarse una historia en tres bloques y en dos miradas precisamente hacia los bloques) de reunión y separación. La secuencia del músico protagonista esperándola en la frontera para huir a París, absolutamente magistral, es un espejo con el mismo vaho que aquella espera de Rick a Ilsa para huir de París. En el segundo bloque cambia el paisaje y la música, pero no el agotador sentimiento de la historia entre la luz parisina y las notas del jazz, y se cabalga entre precisos y maravillosos planos hacia un final desesperado y de hermosura abrumadora.

La pareja protagonista, Tomasz Kot y Joanna Kulig, especialmente ella, se vierten el uno al otro tal cantidad de química y material inflamable, ese amor rotundo y sincopado, que la fascinante cámara de Pawlikowski los envuelve de ese tejido magnético que dura todos los siempres. No será este año cuando vean una película mejor.