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Crítica de «La ciudad oculta»: Bajo las aceras

El canario Víctor Moreno firma una de las mejores películas del año ambientada en el subsuelo urbano

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Algunos cineastas españoles relativamente jóvenes parecen empeñados en liberar al documental de esa reputación, que le pesa como una losa, de ser un «sermón aburrido» sin mayor interés formal. En semejante pecado llevan la penitencia: al cancelar o amortiguar su función social o política, el cine de lo real se percibe entonces que incurre en pecado de lesa vanguardia… y eso es peor incluso que un sermón, para el espectador que saca el manto de inquisidor antes incluso de que acabemos de enunciar el término de cine experimental.

El canario Víctor Moreno acaba de hacer una de las mejores películas del año ambientada en el subsuelo urbano: ese mundo paralelo de túneles, alcantarillado y otros pasajes subterráneos que desmienten el viejo dicho sesentaiochista de que bajo los adoquines estaba la playa. Lo que hay es un laberinto que solo interesa a los empleados que lo mantienen y a criminales, por no citar al tercer hombre, como el que retrataba Elías Siminiani, otro cineasta de los que mencionaba al principio, en «Apuntes para una película de atracos».

Moreno no ha hecho un reportaje: no nos informa de las condiciones laborales ni de la necesidad de una mayor inversión municipal en este bajo mundo. Lo que ha hecho es un poema visual bastante apabullante, una sinfonía literalmente suburbana sobre un mundo sin sol, como diría su colega el submarinista Cousteau.

Parece irónico que una película sobre un entorno de deprivación sensorial (en las alcantarillas nadie puede oir tus gritos) sea una experiencia estrictamente sensorial. Pero ese es el milagro de esta película, que es necesario ver en una buena proyección: en una sala bien a oscuras y con el mando del sonido «al once», porque cuando la imagen cuenta menos hay que agudizar el oido (el diseño de sonido es excepcional). En esas condiciones uno puede entender primero y disfrutar después de la atrevida propuesta de Víctor Moreno. Que sólo tiene de radical el hecho de apelar a nuestros encallecidos sentidos para ofrecernos, sin necesidad de vadear en aguas residuales, lo que el mismo cineasta define como una experiencia inmersiva.