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Crítica de «Cementerio de animales»: Terror de gato y manual

Cuando la normalidad se apaga y el terror se desata, por las rendijas del miedo se cuela alguna risa, no de liberación, sino de inverosimilitud e incluso de comicidad involuntaria

Imagen de Cementerio de animales
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Lo que se puede explicar, funciona bien en esta nueva adaptación de la novela queStephen King publicó en 1983, en la que una familia como salida de un catálogo se muda de Boston a Maine (ciudad natal del escritor), donde las cosas empiezan a torcerse. La casa tiene dos defectos: linda con una carretera demencial y en su terreno hay un viejo cementerio para mascotas, al que la mayoría llegan despachurradas. Los protagonistas tienen gato, como sabrán los seguidores del autor, pero más sustos que sus maullidos ocasionan los enormes camiones que circulan a toda velocidad y a una distancia ridícula de la vivienda.

El propio King adaptó su texto en 1989, en una película rebautizada aquí con cierto ingenio como «Cementerio viviente», pero tampoco estaba a la altura de las grandes adaptaciones del escritor. Esta nueva visita al cementerio ofrece más miedo «de montaje y sonido» que terror psicológico de primera clase, pero transcurre con fluidez y aporta guiños tan acertados como poner a John Lithgow, de lo mejorcito de la función, a decir que sabe bien quién es Churchill, tan poco tiempo después de dar un recital en «The Crown».

Cuando la normalidad se apaga y el terror se desata, sin embargo, por las rendijas del miedo se cuela alguna risa, no de liberación, sino de inverosimilitud e incluso de comicidad involuntaria. Los elementos están ahí, pero el puzle no encaja: el gato de Poe, el camión de «El diablo sobre ruedas», el cementerio de «Poltergeist», la casa solitaria de la mitad de las obras del género… algunos recordarán incluso (con nostalgia) a la niña Medeiros. Tiene la cinta la dificultad añadida que entraña siempre el asuntillo, nada menor, de hacer acomodo a los fantasmas, aquí un chico atropellado que el protagonista ve a ratos. Dennis Widmyer y Kevin Kölsch, directores y guionistas –suya es «Scream», la serie– conocen el oficio, pero no logran el pequeño milagro de resucitar la magia.