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Crítica de «Caso Murer: El carnicero de Vilnius»: El día de la bestia

La película de Christian Frosch repasa el juicio que se celebró en 1963 contra Franz Murer tras el Holocausto judío

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Hay historias que, por mucho que lo hayan sido, merecen ser contadas otra vez. Tal es el caso de todo lo que rodea a ese agujero negro de la Historia que fue la solución final del régimen nazi. Aquí, el austriaco Christian Frosch se centra en una de sus muchas secuelas: el juicio que se celebró en 1963 a Franz Murer, convertido en un «honorable ciudadano» después de haber sido un satánico genocida en un campo de exterminio.

La película es una de juicios y dedica buena parte de su metraje al procedimiento judicial, con un desfile de testigos, interrogatorios, deposiciones, etc. Es un tipo de relato muy codificado (tiene, cómo no, un momento «Doce hombres sin piedad», cuando nos mete a puerta cerrada en las deliberaciones del jurado), pero aquí está bien llevado y convence porque evita los golpes de efecto típicos de la variante hollywoodense del género.

De hecho, sabemos el resultado porque se trata de un caso real; si no quieren buscar a Murer en la Wikipedia, les diremos que se parece más al juicio de O. J. Simpson que al de Nuremberg. Pero el interés de Frosch, y el que tiene la película, está en las ramificaciones. A veinte años de la tragedia los asesinos, como diría Fritz Lang, siguen entre ellos, y no se reducen a ese que se sienta en el banquillo: el juez mismo es un antiguo nazi, sin ir más lejos, y hay más poderes fácticos interfiriendo en el caso.

Las redes que tiende Frosch al exterior compensan de sobra el estilo sobrio con que lleva las escenas del tribunal, que cuentan con su mejor baza en el apabullante trabajo de Alexander Fennon en el papel de defensor de la bestia: vemos con pasmo cómo el trauma reflejado en los testimonios de los supervivientes judíos se estrella ante su eficaz muro legal.