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Antonio WeinrichterAntonio Weinrichter

Crítica de La casa de verano: Las dos hermanas

No es necesario (re)conocer lo que tiene de autobiografía imaginaria sobre Valeria Bruni Tedeschi para apreciar su trabajo

Escena de La casa de verano
Escena de La casa de verano
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Valeria Bruni Tedeschi es una actriz de voz quebrada que aumenta el singular atractivo de su físico virtualmente botticelliano; es también (¿debería haber empezado por aquí?) una experimentada realizadora y este es el quinto título que ha dirigido. Los que la conocen mejor, sobre todo en el ámbito franco-italiano entre cuyas dos lenguas se deslizan deliciosamente los personajes, subrayan enseguida el carácter «à clef» del reparto: su madre y su hija encarnan a la madre e hija del personaje de Valeria, una cineasta que prepara un guión con la que también es su coguionista en el mundo real… en una escena inicial, el comité otorga-subvenciones le acusa de contar siempre su propia vida y de traerles esta vez un guión flojo.

Pero no es necesario (re)conocer lo que tiene de autobiografía imaginaria (el divorcio y la dolorosa muerte de su hermano son traumas recientes de la Valeria real) para apreciar su trabajo. Es muy difícil lo que hace la autora: junta a los miembros de una familia y despliega durante dos horas un «guión flojo»… o de una intensidad que merece calificarse de chejoviana, por la similitud de la situación central y de un posible suicidio en off. Los doce personajes, ninguno desarrollado a fondo, se arrancan de pronto con un gesto o una frase que los ilumina como un rayo. Y como Renoir o Altman en modo Chejov, la película establece de forma precisa la ecuación «arriba y abajo» entre ricos a la deriva y una servidumbre con problemas más concretos, pero todos vencidos por la vida.