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Crítica de «Bel canto. La última función»: La voz de Julianne Moore y el oído de Watanabe

El director, Paul Weitz, no tiene precisamente un cronómetro para puntuar bien los tiempos y los cambios de personalidad y conducta de sus personajes

Julianne Moore «Bel canto. La última función»
Julianne Moore «Bel canto. La última función»
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La gracia de esta película reside en los pequeños detalles de su historia romántica, la fascinación de un poderoso empresario japonés por una célebre cantante de ópera. Y la desgracia, en la angustiosa y trágica aventura que los une a causa de un secuestro durante una velada festiva en un país suramericano. En este sentido, mientras están en el plano y a tiro de miradas esos dos grandes actores que son Julianne Moore y Ken Watanabe, el argumento tiene pasillos y callejones que recorrer; pero la película se desorienta en su trama de acción y revolución, con un disfraz de «thriller» político, y avanza muy lentamente entre un confuso retrato del síndrome de Estocolmo y una tópica y también confusa reflexión sobre las trincheras, los valores, la justicia y la camaradería.

El director, Paul Weitz, no tiene precisamente un cronómetro para puntuar bien los tiempos y los cambios de personalidad y conducta de sus personajes, que alteran sus etiquetas previas sin mayor lógica que la voluntad o capricho del guion, como si tirara los caracteres con cubilete. Y se acaba de despeñar la historia en toda su zona de desenlace, que es tan exagerada, tan grosera en forma y mensaje, que entra en el terreno de la parodia. Pero, volvamos y quedémonos con lo bueno, el modo en que Julianne Moore y Watanabe apresan los sutiles fragmentos de sus personajes y los convierten en momentos de emoción y sentimientos.