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Crítica de «Bosque maldito»: Hijo mío, no te reconozco

Cualquier cosa que le pase se lo merece por no haberse leido antes el guión, de esta o de tantas otras películas por el estilo

Imagen de «El bosque maldito»
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Si hay un titular tonto que puede extraerse de la última hornada de cine de terror, es que se pone al servicio de grandes actrices: Toni Collette en «Hereditary», Florence Pugh en «Midsommar» y aquí la menos conocida pero no menos brillante Seana Kerslake. Ella sostiene, es lo único que sostiene de hecho, esta trama de combustión lenta sobre una madre que se instala con su hijo de siete años en una casa solitaria al lado de un bosque de película (de miedo), en donde hay un enorme cráter en el suelo y alguna leyenda local sobre raptores de niños (de siete años, precisamente). Cualquier cosa que le pase se lo merece por no haberse leido antes el guión, de esta o de tantas otras películas por el estilo.

El peso, decimos, recae en la omnipresente Kerslake, capaz de sugerir con un mínimo gesto o una mirada lo mucho que sospecha de que su hijo ha sido –no demos detalles– abducido (el actor infantil, por su parte, es clavadito al de «El sexto sentido»: uno espera que en cualquier momento diga «En ocasiones veo infantiraptors»). Eso significa que no queda mucho espacio para el monstruo, si es que existe y no es mero fruto de su imaginación: durante dos terceras partes del metraje lo que vemos es la reacción de la madre. Cuando llega la traca, el degustador del género terrorífico llevará buen rato rezongando: lo que quiere es ver bichos y no buenas actrices. Y al espectador «externo» habrá dejado de bastarle esto último, dado el desarrollo perfectamente previsible, es decir, genérico, de la trama. Con lo que de nuevo se cumple la norma de que el terror separa la platea como un Moisés cualquiera con el mar Rojo.