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Crítica de «Blackwood»: Terror para adolescentes y arte para mayores

«¿Qué le ha movido a Rodrigo Cortés a «arriesgarse» con una novela de Lois Duncan (la de «Sé lo que hicisteis el último verano»)? Pues, si no es un exceso de talento, o de confianza en el propio talento, ha de ser algo muy parecido»

Parte del cartel promocional de «Blackwood»
Parte del cartel promocional de «Blackwood» - ABC
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El auténtico talento suele dar calambre con solo mirarlo, de ahí que procuremos protegernos de él con sucedáneos tranquilizadores y que consideremos como tal cualidades tan próximas al talento (y tan importantes) como la suerte o el éxito. El caso de Rodrigo Cortés, talento puro, está aliñado con estos y otros sucedáneos, pero el calambrazo es inevitable: alguien que hizo «Buried (Enterrado)» con un tipo inmóvil con un móvil y un mechero, o alguien que define «Endeudarse» como traer dinero del futuro (me remito al penúltimo Verbolario de la contraportada de ABC), no te permite acercarte a lo suyo, sea lo que sea, de cualquier manera, con la mirada desprotegida, sin suelo de goma y sin la certeza de que hay talento y, por lo tanto, calambrazo.

«Blackwood» es un test para gente precavida, una apuesta perdedora que hay que tener el punto perspicaz de verle la «v» de la victoria, un reto cinematográfico que utiliza remiendos para diseñar un traje modélico y casi único. Es puro subgénero, y los materiales nos llevan a engaño: chicas jóvenes en una mansión diabólica, un internado, con una maestra de ceremonia (un ama de llaves) y un juego de fronteras entre el sueño y la realidad, lo vivo y lo muerto, el arte y su plagio, que le otorga a la trama una condecoración especial para la que no sirven los modelos del subgénero, sino que hay que encontrarle acomodo fuera del tópico y del molde.

Una película de terror, de sustos medidos, de atmósfera inquietante, de construcción de espacio y de tiempo que trastorna la lógica, y en una trama chirriante, convulsa, floja a veces, pero que deja entrever varias ideas luminosas. La primera de ellas, tan nueva y brillante que quizá merecía un escalón o dos más arriba del subgénero: los grandes genios y sus obras inmortales, las que dejaron inconclusas o por hacer, ¿hay modo de rescatarlas, reverdecerlas, recrearlas? ¿Y si Goya pudiera pintarnos ahora? ¿O escribirnos Homero, o Shakespeare? «Blackwood» es una película de terror con jovencitas a la carrera por una mansión diabólica, y con un personaje siniestro que interpreta la Uma Thurman post Tarantino. Una mujer en el vértice de su atractivo y en la hipotenusa de lo turbio y lo demoníaco, pero a la vez un recreo intelectual por las manos del pianista, la letra del escritor o el trazo del pintor, y todo ello en estado de permanente rebeldía ante lo que es posible e imposible.

Cortés nos envuelve con su historia, tan llena de hilos y retales, con una cinematografía impecable, tan atenta al plano como a la secuencia, tan deudora de los maestros del ramo (Polanski es un trampolín para que saltes al interior de esta historia) como del ramo de las flores mefistofélicas del mal. Y acepta el exceso y los fuegos de artificio como parte de la función. ¿Qué le ha movido a Rodrigo Cortés a «arriesgarse» con una novela de Lois Duncan (la de «Sé lo que hicisteis el último verano») y a colocar dinamita reflexiva en historia de adolescentes desencajados? Pues, si no es un exceso de talento, o de confianza en el propio talento, ha de ser algo muy parecido.