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Barry Seal (***): El efecto Cruise

La historia es apasionante, como casi todas las biografías en las que no es fácil delimitar realidad y leyenda

Tom Cruise, protagonista de «Barry Seal: el traficante»
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La historia es apasionante, como casi todas las biografías en las que no es fácil delimitar realidad y leyenda. Barry Seal -cuya vida se cuenta mejor en el texto de al lado- fue un piloto comercial reclutado para oscuras misiones que él mismo ensombreció aún más azuzado por la avaricia. El trasfondo histórico aumenta el interés, con «secundarios» como Reagan, Clinton, Oliver North y Noriega, por un lado, y Pablo Escobar, Jorge Ochoa y Carlos Lehder, no siempre por el otro. Cualquier aficionado a las series tiene a los segundos tan recientes que es inevitable trazar comparaciones, pero lo de menos es quién gana este punto. Lo que impide la victoria definitiva de Barry Seal, su paso hacia una película mayor, es justo quien la hace posible.

Tom Cruise es un «chupón», dicho sea en vetusta terminología futbolística. El actor aparece en cada fotograma, de joven (ya sin cintura para ello) y en el teórico presente, con unos apartes hacia la cámara en los que parece Emilio Sánchez Vicario después de una final, pero con peor revés. Su peor defecto es la incapacidad de dejar que su ego eclipse al verdadero Seal, un tipo que no necesitaba adornos. Cruise ni siquiera se resigna a mostrar su trágica derrota final. Él prefiere, y cualquiera le discute, quedar como un genio del escapismo, el más listo de la clase. Denis Hopper ya hizo el papel en una cinta que no vio casi nadie, en 1991. Esta versión es entretenida, divertida... y superficial. No es poco.

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