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Crítica de Que baje Dios y lo vea: Tiqui taca en el Vaticano

No hay la menor vocación de trascendencia en la película, que decide resolverse mediante un humor grueso, tirando a fácil, pero eficaz

Karra Elejalda, «el Langui» y Alain Hernández
Karra Elejalda, «el Langui» y Alain Hernández
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Para su primer largometraje, el director Curro Velázquez ha elegido un tono ligero y un paisaje y paisanaje con escasa (aparentemente, al menos) conexión con el wifi de la realidad. Las vicisitudes de un monasterio en crisis y unos monjes que, para evitar su transformación en hotel rural con «spa», han de reciclarse en futboleros y jugar la «champion clerum» contra el temible equipo del Vaticano.

No hay la menor vocación de trascendencia en la película, que decide resolverse mediante un humor grueso, tirando a fácil, pero eficaz y aceptable gracias a esa infalibilidad casi papal de algunos de sus protagonistas. Mide bien Velázquez sus capones al clero y el manejo de sus «clichés», y pesan más que sus opiniones al respecto la construcción que de esos personajes tópicos (el cura progre, el obispo zampón, el novicio escapista…) hacen unos actores entregados sin prejuicios ni pudores a resultar graciosos, y en exceso si es preciso. No hay el menor rastro de cine sutil o arriesgado, pero, para ser una película de frailes y fútbol, va que chuta.