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Oti Rodríguez MarchanteOti Rodríguez Marchante

Crítica de El Bailarín: La danza y andanza de Nureyev

«Ralph Fiennes consigue, mediante su mixtura de tiempos y propósitos, abrir una ventana al interior del bailarín»

Escena de El bailarín, de Ralph Fiennes
Escena de El bailarín, de Ralph Fiennes
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La tercera película como director de Ralph Fiennes es un cargamento de imanes para el interés y la vista del espectador, que podrá elegir entre sus varias atracciones y tentaciones: el personaje central, Rudolph Nureyev; el apunte biográfico de su azarosa salida de la Unión Soviética; la cuidada puesta en escena, especialmente en lo que atañe a la filmación de las numerosas escenas de danza; la estructura de la narración, anárquica en los tiempos, prolija en «flashback» y elocuente en los vaivenes mentales y sentimentales del bailarín y sus circunstancias (el guion de David Here, como aquel suyo de «Las horas», es un trenzado de épocas y estados de ánimo), o la precisión de elecciones actorales y de peso interpretativo entre profesionales de la danza y de la actuación.

La película se centra en la primera vez que salió de la Unión Soviética Rudolph Nureyev, en 1961, entonces integrante de la Kirov Ballet Company, que tenía programadas unas actuaciones en París, y se organiza narrativamente con un entretejido de momentos de la fascinación de la entrada en París (el cambio del ojo que te ve al ojo que ve), y momentos de la infancia y de su formación junto a Aleksander Pushkin, célebre maestro de bailarines de San Petersburgo que interpreta el propio Ralph Fiennes con enorme peso dramático y en un ruso a pelo (tan profundo y dramático que su personaje actúa como termómetro de lo mejor y de lo peor de la personalidad de Nureyev).

El director consigue, mediante su mixtura de tiempos y propósitos, el colorido y el blanco y negro, abrir una ventana al interior de Nureyev, su personalidad fuerte y egoísta, sus dudas personales y su tozudez artística, su confusión y titubeos entre acciones contradictorias como el «quedarse» o «irse» en sentido amplio, como el sentimental, el sexual o el ideológico. También se integra al relato como personaje clave, además del Pushkin maestro, el de Clara Saint, la joven francesa que interpreta Adèle Exarchopoulos, que bien podrían ser los ojos del espectador ante la insolencia del genio, entre la fascinación y la irritación. El andamio de Nureyev lo construye en la pantalla Oleg Ivenko, un bailarín profesional que debuta como actor y que trasmite potencia en el salto y antipatía en el trato, es decir que probablemente cumple el propósito del retrato de Fiennes con su figura, pletórica en lo escénico y discutible en lo mundano.