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Crítica de «Aquaman»: Superhéroe dice Glub Glub

Si les disgustan los chistes malos no vean «Aquaman»: lo encarna un atolón coralino llamado Momoa menos expresivo que el proverbial besugo

Jason Momoa es Aquaman
Jason Momoa es Aquaman
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La querencia de Hollywood de abrirse de brazos y piernas al mundo del superhéroe me pilla, ya que hoy nos toca hablar de un superhéroe acuático, como pez fuera del agua. Si les disgustan los chistes malos no vean «Aquaman»: lo encarna un atolón coralino llamado Momoa menos expresivo que el proverbial besugo pero los guionistas se empeñan en hacer de él un chistoso en la línea de Antman, Deadpool o Ironman, héroes encarnados por actores con menos cuerpo pero algún talento, y el resultado es abisal.

Este observador distante empieza a pillar algunas constantes: el cómic con sangre entra. Tras un siglo satisfaciendo fantasías varoniles prejuveniles -un mundo de justicieros blancos, villanos «benetton» y damiselas que rescatar-, veo que ahora la crítica anglosajona de lo políticamente correcto celebra la incorporación de minorías: «Black Panther», «Wonder Woman». Lo que estas hicieron por el afroamericano y la mujer ya por fin en fase post-damisela, lo debe hacer «Aquaman» por… el anfibio, ese ser entre agua y tierra. ¿Será una clara metáfora de algo? ¿Transgénero, multiculturalidad, migrantes que no llegan en patera sino en concha de mar como la primavera de Botticelli? No sé, me alegro de no ser crítico anglosajón para no tener que buscar una lectura inclusiva a un argumento banal, un héroe con nombre de colonia y escamas añadidas, risibles tridentes que funcionan como el típico láser de Star Wars, el sueño (húmedo) de volar como Superman pero en plan submarino, mitos antiguos que siguen milagrosamente vigentes, ciudades sumergidas igualitas que las ciudades colgantes de «Thor», y ese espíritu bélico constante que se traduce en soldados malos y torpes salidos -de nuevo- de «Star Wars» y un fetichismo por las armas de destrucción que huele a subvención de la asociación esa del rifle.

Vaya panorama: voy a poner en clase «Las mujeres vikingas y la serpiente de mar», que hizo Corman en 1957 con dos pavos para ilustrar el cáncer del Hollywood corporativo actual: rehacer por mil millones el peor cine «pulp» del pasado.