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Crítica de Ant Man y la Avispa: Héroes nano cuánticos

«Paul Rudd, que es un actor gracioso, dice más paridas que Robert Downey en sus primeras apariciones como Iron Man»

Escena microscópica de Ant-Man y la Avispa
Escena microscópica de Ant-Man y la Avispa
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Lo primero que sorprende al internarse en esta segunda entrega de una franquicia de la Marvel que Disney aspira a dotar de autonomía propia, es lo poco que parece tomarse en serio a sí misma. Sobre todo su héroe nominal (masculino, porque esta historia aspira a ser inclusiva e incorpora una mujer co-protagonista y hasta una antagonista que sufre de desfase cuántico): Paul Rudd, que es un actor gracioso, dice más paridas que Robert Downey en sus primeras apariciones como Iron Man. Menos mal que las dice él porque al espectador le entra la risa después de oír diálogos que mega-repiten la palabra cuántico con una fe homeopática en que no suene a camelo.

Es que es un mundo de fantasía, me dirán, pero se empeñan en sustanciarlo. Baste decir que el mcguffin de la pieza es un laboratorio de varios pisos que se puede reducir hasta pasar como equipaje de mano en Ryanair: el poder de estos héroes, ya lo saben, consiste en poder disminuir su estatura, o la de sus coches, a tamaño… microcuántico. Añadan a los chistecitos un par de villanos más bien inocuos, la falta de tensión dramática o sensación de peligro… Admito que perdí pronto la paciencia, hasta que comprendí que esta cuántico-franquicia era para niños; sobre todo para niños que no conozcan los Spy Kids de Robert Rodríguez, una versión low cost de esto más simpática e inclusiva, que admitía “enanos” como superhéroes de compañía. Cuidado, Marvel, Disney te está atrayendo al agujero negro cuántico de su original target infantil.