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Oti Rodríguez MarchanteOti Rodríguez Marchante

Crítica de «El ángel»: La frivolidad del monstruo

«Lo curioso es el tono que adopta el director, que no es negruzco o trágico, sino sarcástico»

Escena de «El ángel»
Escena de «El ángel»
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Ambientación, ropajes y música de los setenta (incluida la de Palito Ortega, padre del director) para amenizar esta función terrible sobre uno de los criminales más monstruosos y «queridos» del último medio siglo argentino, Carlos Robledo, Carlitos, un chaval que hoy tiene 66 años y que lleva desde entonces en prisión.

Luis Ortega solo enfoca su trayectoria delictiva, recoge al personaje cuando conoce en el colegio a Ramón y empieza a desarrollar sus capacidades de ladrón y criminal, y le apodan «El Ángel» por su carita de cuadro de Murillo. Lo curioso es el tono que adopta el director para seguir el carrerón lleno de crueldad y sangre del fulanito, que no es negruzco o trágico, sino sarcástico, hasta el punto de que sus brutalidades pueden encontrarse con la sorpresa de la risa y el jolgorio; hay momentos de alegre psicopatía como los que captura en la casa de su compinche Ramón, con un padre y una madre que no los pintaría mejor el más negro Goya y que dos actores enormes, Daniel Fanego y Mercedes Morán, los exprimen hasta su última gota de esperpento.

El debutante Lorenzo Ferro hace un trabajo grimoso con «El Ángel», rebosante de trivialidad, líbido y perversidad boba, estéril, y Chino Darín, el amigo, regula bien su personaje de brasas bajo la olla exprés. No es una película bien pulida en sus escenas de acción o en su retrato social y político, pero entretiene, cautiva e incomoda como pocas.