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Crítica de «Un amor imposible»: Depredator

El argumento se basa en una novela de una conocida escritora francesa, que continúa desvelando su complicada etapa formativa, aquí más centrada en su madre

Imagen de «Un amor imposible»
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Es curioso que un título tan sencillo en apariencia pueda ser tan polivalente, pues la película que nombra describe amores de tipo muy distinto y entre distintos tipos de personas. El amor «titular» nace entre una empleada de la Francia rural y un seductor urbano y sofisticado que, francamente, no se la merece. Esto más que un spoiler es el tema y meollo mismo de la función.

Pocas veces hemos visto un ser más despreciable que este sujeto: dan ganas de abuchearle como a un villano del cine mudo y de gritarle a la protagonista –guapa pero ingenua y quizá mansa, también como una heroína del cine mudo- que se aleje de él. Es el seductor, claro, quien se larga dejándola preñada y entonces entra en escena el segundo tipo de amor, entre madre e hija.

Este amor es más equilibrado, recíproco y satisfactorio y la película lo cuenta a lo largo de cuatro décadas y (lo que aumenta la impresión de una vida vivida) un excesivo metraje de más de dos horas. Quiero decir que se hace largo pero no necesariamente aburrido pues la relación entre la niña y la madre sufre muchos vaivenes, siempre a la sombra de ese depredator que, como buen villano de melodrama, se resiste a soltar su presa, ahora por duplicado. El argumento se basa en una novela de una conocida escritora francesa, que continúa desvelando su complicada etapa formativa, aquí más centrada en su madre. La continua voz en off, que el espectador francés identificará con la novelista, se justifica por este origen literario sin resultar demasiado cargante y, curiosamente, sugiere una lectura menos feminista que clasista de las desventuras de la sumisa provincianita.