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Crítica de «Aladdin»: Buen genio, mal genio

Guy Ritchie dirige la esperada película de acción real del clásico de Disney, aunque hay que pedirle a la factoría que deje de explotar su repertorio de «clásicos» de cara a las próximas décadas

Fotograma de «Aladdin», con Will Smith como el Genio
Fotograma de «Aladdin», con Will Smith como el Genio - DISNEY | Daniel Smith
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Dijo Jon Landau al oir al boss Bruce Springsteen su famosa frase, «He visto el futuro del rock». Se podría parafrasear diciendo que con películas como esta estamos viendo el futuro de Hollywood (no, gracias a Dios, del cine en general): y eso da miedo, o pone de mal genio, según se tenga el día. Si hace poco lamentábamos la tendencia «chez» Zemeckis de convertir a los actores en muñecos, la nueva tendencia «chez» Disney es convertir sus entrañables dibujos en remakes de acción real con actores que malamente pueden replicar la plástica de su anterior encarnación en dos dimensiones.

Pobre Will Smith: hay que hacer un verdadero esfuerzo, o ser un amargado, para que te caiga mal o no te haga gracia. Pero aquí, en el papel de Genio bueno (no el mal genio que se nos puede poner al ver la peli) forcejea no solo con el recuerdo de Robin Williams, que podía caer peor pero era un genio poniendo voces, sino con la premisa misma de no tener cuerpo sino ser solo una emanación azul sin patas que flota sin remedio. Toda la imaginación, visual y narrativa, de la función parece agotarse en el ectoplasma amigable del amigo Will, si bien hay una alfombra voladora que, como buen dibujo disneyano que es, es otra fuente de creatividad que recuerdo haber disfrutado.

Por lo demás, las mil y una noches del olvido pueden caer sobre Aladino, el soso protagonista; la menos sosa princesa Jazmina que poco tiene que rascar como personaje hasta que al final (Disney está en todo) canta una canción en la que se empodera como mujer; o el villano descolorido que quiere ser califa en lugar del califa (ay, aquel tebeo de Iznogud sí que habla al niño que sigo teniendo por aquí dentro).

Las canciones oscilan entre Eurovision y Bollywood, cuya estética se copia con descaro en el único número musical reseñable: esta posible virtud multicultural no redime a la película de su leso y alevoso orientalismo. No le vamos a pedir a Disney que lea a Edward Said, claro, pero quizá sí que dejen de explotar su repertorio de «clásicos», como les encanta decir, a la hora de planificar la producción de las próximas décadas. Por favor…