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Crítica de «En los 90»: Una mota de verdad en el ojo

La primera película de Jonah Hill como director es un trocito de autenticidad conservado en formol, con presupuesto indie y sin un discurso rimbombante ni cursi

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Jonah Hill triunfó de forma atípica como actor y deslumbra en su debut como guionista y director. Su viaje a los 90 no tiene nada de particular, salvo un mínimo apego a la nostalgia. Quizá por eso sea innecesario que el espectador haya crecido en monopatín a lomos de aquella década o que tuviera una familia escacharrada. Hill prescinde del rollo de la identificación o de embaucar con recuerdos tramposos.

Lo que consigue su mirada de cineasta virgen, y aquí empieza lo asombroso, es atrapar el unicornio de la veracidad y varias subespecies más acabadas en «dad». «En los 90» respira verdad. No son meros trucos técnicos, aunque la textura y el formato de la fotografía acompañen, obviamente. La película es un trocito de autenticidad conservado en formol, con presupuesto indie y sin un discurso rimbombante ni cursi.

Como no hay nada de cartón piedra, aunque sí de acera y de barrio modesto de Los Ángeles, su inmersión en los personajes nos transporta a un aparente documental, pero sin sus «inconvenientes».

Tampoco es posible que todos los intérpretes sean genios por descubrir, por lo que cabe atribuir al recién nacido cineasta una capacidad brutal de extraer lo mejor de sus colegas. Muchos parecen recién recogidos en la calle, pero los ojos del protagonista, Sunny Suljic, y el alma del líder de la pandilla, Na-kel Smith, sobrevuelan por encima de la excelencia con inaudita naturalidad. Oirán mil comparaciones, muchas acertadas, pero esta cinta es única.