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Crítica de A 47 metros (**): Ni una vacación sin tiburón

No hay novedades con las leyes del subgénero, y el guion se limita a procurar que usted pase tanta angustia como ellas

Fotograma de «A 47 metros»
Fotograma de «A 47 metros»
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El título alude a la profundidad en la que quedan atrapadas las dos jovencitas de la película, pero los metros es lo de menos si se mira la cantidad de tiburones que caben en ese espacio. No hay novedades con las leyes del subgénero, y el guion se limita a procurar que usted pase tanta angustia como ellas: la bombona del aire se acaba, los escualos crecen, la torpeza inevitable en estos casos (todo se les cae, todo les sale mal…). La historia procura una novedad con respecto a otros films de tiburones, y es que aquí no son listos como Hannibal Lecter, ni vengativos, ni estrategas como aquel de Spielberg o de Collet Serra en «Infierno Azul», que parecían salidos de un máster en Harvard. Son simplemente tiburones con hambre, lo cual tampoco tranquiliza.

El director, Johannes Roberts, no se plantea más conflicto que el de la supervivencia, y no saca la acción del fondo del mar y del miedo a la dentellada: la película no da para más reflexiones que la de lo tonto que es el ser humano en su relajo vacacional (que igual se tira por la terraza del hotel que se bebe el «cóctel de la casa»). Y en eso está lo oportuno de esta película de género y estación: conviene verle la dentadura a un tiburón antes de irse al mar a hacer el merluzo.