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Carmen y Lola: Mundo gitano y amor lésbico

Echevarría nos cuenta aquí dos cosas: el cómo vive esa comunidad tan encerrada en sí misma y el impacto que supone en esa estampa social una transgresión

Fotograma de «Carmen y Lola»
Fotograma de «Carmen y Lola»
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Lugar escurridizo al que se ha ido a hacer su primera película Arantxa Echevarría, una auténtica pista de patinaje y con una historia que se desliza, a veces a trompicones, sobre cuchillas. Una pasión primeriza, a estrenar, entre dos chiquillas de raza gitana y que viven en un ambiente familiar y social en el que todos sus miembros, ellos y ellas, piensan, actúan y sienten mediante un código genético que no admite rodeos vitales: su punto de partida y su punto de llegada son tan estrictos e inviolables como una etapa de las Vuelta a España… Echevarría nos cuenta aquí dos cosas: el cómo vive esa comunidad tan encerrada en sí misma (de un modo casi documental) y el impacto que supone en esa estampa social una transgresión: Carmen y Lola se conocen y encuentran motivos para rechazar su vida prevista, marido gitano, hijos y total entrega, y reorganizar su etapa de la Vuelta desoyendo por completo las tablas de unas leyes que ni contemplan la posibilidad de los amores lésbicos…

Como documental de ambientes gitanos, Echevarría carga sus imágenes con las previstas durezas de los tópicos (machismo brutal, tendencia al lirismo trágico lorquiano, frescor, alegría, ritos, “pedidas”, cante y baile), pero como película de pasión juvenil y prohibida, la directora carga su historia de una de las grandes verdades del cine: sus dos jóvenes actrices, también debutantes, Zaira Morales (Lola) y Rosy Rodríguez (Carmen), abrasan con naturalidad la pantalla, cada una de ellas con sus particularidades, y sin que sus topetazos de amor se pongan en ebullición en la pantalla (está al otro extremo de, por ejemplo, “La vida de Adèle”). Esos personajes y las actrices son el gancho de la película, y de un modo natural y emocionante hasta refrescan algunos aspectos supuestamente metafóricos, como pájaros, mar, pitillo compartido o el propio desenlace, todo ello ya algo desnortado, o deslorcado.