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Cómo echar el guante al ave Phoenix

La película estrella de la jornada en la Mostra fue «I'm Still Here», un documental (¿falso?) en el que la cámara persigue a Joaquin Phoenix hasta el «infierno» del hip-hop

Joaquin Phoenix - AP
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La proyección de «I'm Still Here» paró en seco el paso de tortuga del festival. Esta película dirigida por Casey Affleck, el hermano del vivo Ben, sobre la desfiguración moral y vital frente a la cámara de Joaquin Phoenix, el hermano del muerto River, es una de esas obras con un indescifrable misterio dentro. Hace algo más de un año, el oscarizado actor Joaquin Phoenix decidió abandonar la interpretación para siempre y dedicarse a la música, al hip-hop, y fue entonces cuando su amigo Casey Affleck le propuso hacer un documental con esa transformación. Hasta aquí, todo «normal». Una vez visto ese trabajo recogido durante meses, la normalidad se convierte en un tropezón hacia el abismo del que es imposible resolver la ecuación que plantea: ¿interpreta Phoenix a ese personaje disparatado, ruinoso y terminal para la cámara de Affleck, o es la cámara de Affleck quien recoge y refleja al Phoenix desmoronado y roto en el fondo de ese abismo? ¿Es ésta la mejor interpretación que se haya hecho nunca, o son «solo» los retales de un trapo que se deshilacha?

Aún recordarán algunos lectores las imágenes de un barbado y colgadísimo Joaquin Phoenix durante una entrevista marciana en el show de Letterman, imágenes que luego sirvieron para hacer algunas bromas durante la entrega de los Oscar..., e imágenes que aparecen en este documental y que resultan casi un oasis dentro del tono aberrante que toma casi desde el comienzo: el resacón continuo en el que ha vivido el peculiarísimo actor ante la cámara indiscretamente activa, que ha filmado sus pasotes de cocaína, sus farras con prostitutas, sus peleas en los conciertos y las posteriores vomitonas... Todo tan real que, en efecto, solo puede ser producto de un acuerdo: yo me tiro desde las rocas al agua y tú me filmas, que es precisamente la imagen con que arranca la película, tomada en Panamá, con el niño Joaquin saltando hasta el río ante la mirada entusiasmada de su padre...

Se podrá dudar del equilibrio mental de Joaquin Phoenix durante el tiempo en que se filmaron las imágenes, pero no de su extremo compromiso con su trabajo: al tiempo que proclamaba su desprecio a las cámaras y a Hollywood, empezaba a servir de conejillo de indias ante una cámara voraz y abandonaba su profesión de actor metiéndose en la más sórdida aventura interpretativa, con su día a día como páginas del guión. Su impronta en el mundo de la música hip hop es tan leve como olvidable. Y es, en cambio, inolvidable su trabajo en la recién estrenada «Two lovers», película que dirigió James Gray, tras la cual decidió irse rodando pendiente abajo con la cámara de Casey Affleck detras de él... Lo que no se sabe con certeza, y este documental no lo aclara, era si se había asegurado su viaje de vuelta hasta lo alto del precipicio.

Y curiosamente, también ayer se proponía como protagonista de la jornada otro actor que igualmente debería tener un documental parecido: Vincent Gallo, al que también le atraviesa una herida el labio superior y un rayo bien oscuro por el alma. Gallo es el protagonista de la película de Skolimovski, «Essential Killing», y director, guionista, protagonista, músico y montador de una película que compite por el León de Oro, «Promises wrintten in water».

La afortunadamente breve filmografía de Vincent Gallo como director tiene la rara cualidad de ser inmóvil: ni va ni viene. Y lo presentado ayer, una sinfonía de «ocurrencias» visuales y verbales (y estoy siendo generoso), conseguía abrirse paso hasta las zonas más compasivas y misericordiosas del espectador, de pura simpleza en sus pretensiones artísticas. No es un poeta Vincent Gallo, pero él lo ignora por completo y actúa y «crea» como si realmente lo fuese. Es casi enternecedor. Su trabajo actoral en la película de Skolimovski, donde interpreta a un talibán huido, perdido y acosado en un bosque del norte de Europa, y donde no dice ni una sola palabra, tiene un vigor y una fibra impresionantes.