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La verdadera historia de Lope de Vega

Pocos pueden presumir de una existencia de película como Lope de Vega. Soldado, poeta, cura, esposo, amante y, sobre todo, enamorados del verso y la vida

La verdadera historia de Lope de Vega
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Resulta absurdo el que, teniendo como tenemos unos Siglos de Oro apasionantes, no hayamos recurrido a esa etapa de nuestra historia como venero asiduo y predilecto de nuestras ficciones cinematográficas. Por eso es digno de saludo el hecho de que hoy vaya a estrenarse en toda España una película titulada Lope y dedicada a glosar la figura del Fénix de los Ingenios.

Lo más grande de Lope de Vega (1562-1635) es, sin lugar a dudas, su portentosa humanidad. Shakespeare puso en labios de su Macbeth que se atrevía a lo que se atreve un hombre, porque «quien se atreve a más no lo es». Goethe dijo de Napoleón que se le antojaba un extraordinario hombre ordinario. Eso fue Lope en nuestros tiempos áureos: alguien que se atrevió a todo lo que puede atreverse un hombre y, a la vez, un ejemplar único e irrepetible de hombre corriente, atento al ruido y las miserias de la calle, encandilado con la vida.

Si me dijeran que eligiese un poeta, uno solo, de nuestra literatura, respondería sin vacilar: Lope de Vega. «Oscuro el borrador y el verso claro» es el verso final de uno de los sonetos de su alter ego Tomé de Burguillos. Toda la obra lírica de Lope es una apología de la claridad al mismo tiempo que un himno de acción de gracias por saludar al sol cada mañana y asistir cada noche al peregrinaje de la luna de plata por el cielo. Pronto saldrá en ABC Cultural una reseña mía de un buen libro de alta divulgación, firmado por Felipe B. Pedraza Jiménez y exquisitamente ilustrado, sobre la vida y obra de Lope. En sus páginas pueden seguirse fácilmente los distintos amores y amoríos que jalonaron la existencia de Lope, quien actuó en todo momento como «notario lírico de sí mismo», pues dio testimonio de sus avatares biográficos en todos y cada uno de sus poemas.

Entre la selva de sus enamoradas destacan cinco nombres: Elena Osorio (Filis), Isabel de Urbina (Belisa), Micaela de Luján (Lucinda), Juana de Guardo y Marta de Nevares (Amarilis, Marcia Leonarda). Sólo estuvo casado con Isabel y Juana, pero no sólo fueron ellas quienes le dieron descendencia. A Micaela de Luján, por ejemplo, Lope le dedicó todo un cancionero amoroso, del que entresaco este bellísimo primer cuarteto del soneto 133 de las Rimas (1609): «Yo no quiero más bien que sólo amaros, / ni más vida, Lucinda, que ofreceros / la que me dais, cuando merezco veros, / ni ver más luz que vuestros ojos claros».

El autor de esas Rimas se consagró con fervor y perseverancia al amor profano. El número 126 de la colección es aquel celebérrimo soneto que comienza: «Desmayarse, atreverse, estar furioso, / áspero, tierno, liberal, esquivo, / alentado, mortal, difunto, vivo, / leal, traidor, cobarde y animoso», y termina, en un crescendo espectacular: «Creer que un cielo en un infierno cabe, / dar la vida y el alma a un desengaño: esto es amor: quien lo probó lo sabe». Tal vez sea el resumen del hecho amoroso más genial que se haya escrito nunca, y la repetición en los tercetos de la palabra «desengaño» nos indica a las claras qué piensa Lope del asunto.

Junto a la poesía amorosa, hay en Lope una veta de poesía familiar que lo encumbra hasta las estrellas, como la maravillosa epístola a Matías de Porras (en La Circe con otras rimas y prosas, 1624), donde se leen estos tercetos: «Llamábanme a comer; tal vez decía / que me dejasen, con algún despecho: / así el estudio vence, así porfía. / Pero de flores y de perlas hecho, / entraba Carlos a llamarme, y daba / luz a mis ojos, brazos a mi pecho. / Tal vez que de la mano me llevaba, / me tiraba del alma, y a la mesa, / al lado de su madre, me sentaba». Al tal Carlos (1606-1612), hijo de Lope y Juana de Guardo, dedicó el poeta una elegía, publicada en las Rimas sacras (1614), que es una maravillosa mezcla de conformidad religiosa, ternura e íntima desolación ante la pérdida del niño: «De la primera cuna / a la postrera cama / no disteis sola un hora / de disgusto, y agora / parece que lo dais, si así se llama / lo que es pena y dolor de parte nuestra, / pues no es la culpa, aunque es la causa, vuestra».

Hasta en un poema mitológico como La Circe hay lugar en Lope para la confidencia autobiográfica, en este caso dirigida a su último amor, Marta de Nevares. Oigamos la voz del maestro, evocando el amor platónico que habría tenido, en buena lógica, que inspirarle su amada, pues era ya sacerdote cuando la conoció en 1616: «Oírte hablar, amar tu compañía, conocer tu virtud honesta y grave, / son centro de mi amor, filosofía / que con mayor edad adquiere y sabe». Marta se quedaría ciega en 1623 y moriría en 1632, tres años antes que su amante. Lope fue envejeciendo a su lado, mientras veía asomar en sueños, con indeseada frecuencia, la horrible jeta de la muerte por su ventana de la madrileña calle de Francos (hoy Cervantes). Sus amores con Amarilis inspiraron un poema al llorado José Hierro cuyo sinestésico final me parece prodigioso: «Abre tus ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar».