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Ullmann, en su biografía: «No sé qué hubiera sido de mí si no dejo de beber»

El martes se presentó «El trayecto de una vida», libro en el que Liv Ullmann revela secretos de su relación con Bergman, así como su alcoholismo

La actriz noruega, en una imagen de archivo
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CARMEN VILLAR MIR

CORRESPONSAL

ESTOCOLMO. En «El trayecto de una vida», que consta de 272 páginas profusamente ilustradas, Bjornstad relata la vida de la actriz y directora noruega, nacida en Tokio en 1938 y educada en Canadá, Nueva York y Oslo, que se dio a conocer mundialmente en 1966 al encarnar a Elisabeth Vogler en la película «Persona» de Ingmar Bergman. Tras esa primera aparición, Liv Ullmann, que con su tez blanca, pelo rubio, ojos azules y aspecto frágil era la perfecta encarnación de la mujer nórdica, interpretó nada menos que once largometrajes a las órdenes del director, con el que, además, vivió durante nueve años una apasionada relación amorosa. De esa relación, que no terminó en boda, fue fruto una niña, Linn, que hoy es una de las escritoras escandinavas más populares.

Se trata de un relato de una lucidez deslumbrante y muy fácil lectura, que describe con agilidad los apasionados sentimientos, las situaciones vividas y los recuerdos más crueles de aquella joven actriz deslumbrada por el genial Bergman. Una alegoría sobre la sexualidad y el amor hecha con magia a partir de las palabras de la protagonista. No es un ajuste de cuentas, sino una confirmación que no deja lugar a dudas de que el único hombre al que Ullmann amó de verdad fue el cineasta y dramaturgo sueco: «Sólo hay un amor. El resto son variaciones».

«El vodka me daba coraje». Liv Ullmann desvela a su biógrafo uno de sus secretos mejor guardados: el alcoholismo. Absolutamente nadie podía imaginar que esta actriz de primera fila, esta diva conocida por su genio interpretativo, su profesionalidad y su sentido común, necesitara cada día para «funcionar» beber varios vasos de whisky, de vodka o de cualquier otro licor.

La actriz hace un honesto ejercicio de reflexión con altas dosis de realismo y cuenta que la botella era su mejor aliada, que un vaso de vino tinto daba color a un día opaco y que dos de whisky le ayudaban a olvidar. Cuando alcanzó la frontera del «ni una más», tuvo la suerte de recibir la ayuda necesaria para desintoxicarse. Hoy, que ya ha dejado totalmente la bebida, confiesa a Björnstad: «No sé que hubiera sido de mí si no termino a tiempo».

«Todo giraba alrededor de él». Aunque la suya es una vida con peso propio, Liv Ullmann sigue cargando con el tópico de haber sido la «musa» de Bergman. Por eso, no resulta extraño que gran parte de sus confidencias se refieran a la relación con el cineasta, a quien hoy le siguen uniendo «profundos sentimientos; hablamos constantemente por teléfono, ya que él prefiere estar sólo». Aunque Ullmann no explica qué la empujó a caer en ese vicio que pronto se convirtió en necesidad vital, puede leerse entre lineas que fueron los agitados años vividos con Bergman, la dificultad de lidiar con aquel «monstruo» que la tenía dominada, sus celos (los de ella) y su turbulenta separación las causas de su adicción.

Otras «revelaciones»: La actriz y directora también cuenta a lo largo de las páginas del libro las relaciones más o menos íntimas que ha mantenido en su vida con otros hombres, como Henry Kissinger, uno de sus amigos más queridos. Y, entre otras revelaciones extraordinarias, confiesa haber sufrido una complicada operación de corazón «in extremis» hace tres años y, también, haberse sometido a un aborto, algo de lo que siempre se arrepintió.

«Casa de muñecas». El gran sueño de Ullmann es llevar al cine «Casa de muñecas», de Heinrik Ibsen: «Tengo ya el guión terminado... Yo soy como Nora, esa niña que se encontraba tan sóla que tuvo que pagar a una amiga para que fuera con ella al cine».