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Turrón blanco pero seguro

Javier Cortijo/
Actualizado
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Sin que sirva de precedente, empecemos la casa por el recado (poner la «moraleja» daría lugar a equívocos encima clasistas): no importa si eres rojo, sodomita o votas al candidato independiente; en Estados Unidos, el peor pecado y estigma social es negarse a celebrar «en familia y vecindario» los fastos navideños. Tal es el runrún-villancico que mantiene esta película (tan incorrecta que está basada en un espumillón de John Grisham), pergeñada por dos iconos tan de temporada como el actor Tim Allen y el productor Chris Columbus, a los que se les advierte cierto aire revanchista regando de zumo de hiel el muérdago. Aunque tampoco hay que pasarse, sobre todo considerando que el argumento es tan complicado como el mecanismo de un polvorón: a pesar del pressing de su pijotero barrio, un matrimonio decide largarse de crucero para hacerle la tangente a la Navidad, pero todo cambia cuando su hija vuelve a casa por ídem.

Menos temible y ñoña de lo esperado (y eso que una de sus subtramas incluye una enferma terminal y otra un misterioso anciano con tufillo «capriano») y con todas las claves, sostenes y palillos para interesar al público grande y pequeño, la película se anima con las figuritas «periféricas» del belén, empezando por un crispado, coronillado y «homersimpsoniano» Dan Aykroyd asumiendo su papel de «cómo sería Bill Murray si no se hubiese cruzado con Burton, Anderson, Coppola, etcétera», un Cheech Marin como poli de aeropuerto que recibe con una sonrisa al novio sudamericano de la niña de turno (¡y ni siquiera le propina un mísero cacheo! Como le pillen los de Inmigración a él también...) y, en plan reinona, una Jamie Lee Curtis «ya mayor» pero igual de chillona que en los viejos tiempos de «Halloween», aunque ahora el terror sea diferente mas complementario. Algún gag «físico» ucraniano y el impepinable barniz pacífico y armónico completan este mazapán del tiempo para engullirlo con perdices y, con buena voluntad, ser felices.