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«Todos los países cometen masacres como la de Nanjing, incluso hoy»

Amenazado de muerte por traidor y, a la par, acusado de propagandista, el director de cine Lu Chuan no deja indiferente con «Ciudad de vida y muerte», espeluznante retrato de la matanza de Nanjing

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Año 1937. Los japoneses ocupan parte de China en una guerra despiadada que enfrenta a las dos potencias orientales. Ocupan Nanjing, la capital provisional de los chinos, y se desata una enloquecida orgía de sangre, violencia y odio. El filme obtuvo la Concha de Oro en el pasado Festival de San Sebastián.

—Aun siendo brutal, su película humaniza a los verdugos…

—Me entrevisté con veteranos de guerra japoneses que cometieron atrocidades en Nanjing y no los he hecho más humanos, sino que son humanos. La cuestión es saber por qué un país como Japón perpetró esta matanza, liquidando a una población de manera eficiente, a sangre fría y sin sentimientos. Por desgracia, todos los países cometen masacres como la de Nanjing, incluso hoy.

— ¿Cómo se han tomado las víctimas su película?

—Algunos la odian porque el retrato de los militares nipones es complejo y otros entienden que es una visión humana del infierno que fue Nanjing. Una anciana superviviente estaba decepcionada porque la película mostraba menos violencia de la que hubo, pero el retrato de los soldados japoneses le parecía acertado porque algunos eran amables y otros despiadados.

—¿Tuvo que reducir la violencia por la censura?

—Muy poco; nos sorprendió que el Gobierno sólo nos pidiera cortar algunas violaciones o desnudos, lo que supone un cambio positivo.

—¿Se podría hacer una película sobre las atrocidades del régimen comunista contra el propio pueblo chino?

—Algunos episodios no se pueden tocar todavía, pero otros sí, como la «Revolución Cultural». China no es un país gobernado por leyes, sino por personas cuyas opiniones van cambiando. Hay que luchar por abordar estos asuntos y en el futuro será posible.

—¿Cómo ha sido acogida su película en Japón?

—Cuando terminó la primera proyección en Tokio, hubo un silencio total sólo roto por algunos espectadores que lloraban. Después, los propios periodistas japoneses se autocensuraban con las preguntas evitando temas sensibles. A diferencia de Alemania, el problema de los japoneses es que no han reconocido las atrocidades que perpetraron en la guerra, como la masacre de Nanjing o las esclavas sexuales, porque no mataron occidentales y las bombas de Hiroshima y Nagasaki los convirtieron en víctimas. Si no se disculpan, no habrá unión entre los países asiáticos.

—¿Por qué rodó su película en blanco y negro?

—Para simplificar el mensaje y porque la historia y los recuerdos son en blanco y negro. Además, no me gusta el color de la sangre porque le da un toque dramático.

—¿Cómo reaccionó el público español en el Festival de San Sebastián?

—Fue emocionante: la Concha de Oro acalló las críticas y salvó la película porque no estábamos autorizados a participar en festivales chinos.