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Sube la fiebre Potter

Fotograma de «Harry Potter y el prisionero de Azkaban»
ANTONIO WEINRICHTER/
Actualizado
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El triunfo de una franquicia cinematográfica se puede medir por anticipado por la expectación que despierta antes de su estreno entre el público al que va destinada. Hoy los pequeños son espectadores informados y, si hay un lanzamiento «bien situado» en la mente del consumidor, ése es la nueva entrega de Harry Potter, que se apoya no sólo en los títulos anteriores, sino en los libros de J. K. Rowling que van apareciendo entre medias. Para medir la temperatura de la fiebre Potter nada mejor que asistir al pase previo de «Harry Potter y el prisionero de Azkaban».

La distribuidora mantiene la tradición de celebrar una proyección previa invitando no sólo al profesional de turno, sino hasta a ¡dos! acompañantes; léase los hijos o sobrinos de quienes por su profesión periodística tienen acceso al preciado preestreno y también a la posibilidad de verla no en un aséptico pase de prensa sino en el «hábitat» natural de los blockbusters: en una sala atestada de público.

La fiebre se desata días antes: los niños se apresuran a invitar a su mejor amigo y lamentan no poder hacer igual con sus compañeros de clase si bien luego se dan cuenta de que es mejor presumir de haberla visto una semana antes que ellos: el preestreno los convierte en reyes del recreo.

El día del acontecimiento, y pese a ser un pase matinal, la Gran Vía conoce el tumulto de una noche de estreno: la fila da una vuelta a la manzana, repartida en triadas de un adulto y dos canijos, si bien abundan también grupos de tres adolescentes. Las conversaciones, expectantes, olvidan los inminentes exámenes y los cotilleos del cole para que cada uno presuma de lo que sabe de la película antes de verla, los mayores afirman que el tercer libro es de los mejores de la colección y otros presumen de haberse terminado ya la última y formidable, por su tamaño, entrega. La fila no avanza: se ha instalado un detector de metales a la entrada del cine para evitar que las mafias de la piratería introduzcan a un espía industrial disfrazado de enano capaz de grabar una copia para el top manta.

Una franquicia no es nada sin la venta de productos subsidiarios. Otra de las grandes preocupaciones de los pequeños, qué regalo les darán en la entrada, se ha traducido en una gorra roja con la misteriosa leyenda de «Seeker» (se nos informa de que la palabra alude al trepidante juego del quidditch). Pero hasta los regalos se olvida cuando empieza la sesión y el bullicio se calma. Las casi dos horas y media de proyección son seguidas en un silencio que cabe calificar de reverencial, sólo interrumpido por cuchicheos sobre lo creciditos que están ya Daniel Radcliffe y Emma Watson, los Harry y Hermione de la pantalla, sobre algún punto oscuro del argumento o sobre las desviaciones y omisiones respecto al libro.

Pero no hay protestas ni, por supuesto, reparos de crítico: el espectáculo-comunión se consuma y al final salen todos más callados que al principio. Inútil pedirles su opinión: en pantalla grande todo impresiona más y habrá que esperar a la visión repetida (y repetida...) en la pequeña pantalla casera para saber si esta tercera entrega, más siniestra, les ha gustado tanto como las dos anteriores.