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Rulfo: «Los albañiles son el icono del lenguaje urbano»

T. DEMICHELIMADRID. A Juan Carlos Rulfo la gloria de su padre no le pesa como una losa. ¿Qué ha heredado de él? «No sé si la «heredé», pero lo que a mí más me gusta es su mirada. Mis anteriores

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T. DEMICHELI

MADRID. A Juan Carlos Rulfo la gloria de su padre no le pesa como una losa. ¿Qué ha heredado de él? «No sé si la «heredé», pero lo que a mí más me gusta es su mirada. Mis anteriores documentales: «El abuelo Cheno y otras historias» y «Del olvido al no me acuerdo» -que el martes se proyectaron en la Casa de América, tras una clase maestra dictada junto con la directora chilena Cecilia Barriga- sí tienen que ver con el espacio geográfico y con las gentes con las que él convivió».

El cineasta confiesa que «en el mundo de los documentales hay mucha tendencia a buscar las raíces personales. Los «personajes» que uno va encontrando son pretextos y vas apreciando el sabor de sus palabras, cómo cuentan, qué sabroso cuando recuerdan cómo se enamoraron y qué onda con la vida. Te deleitas, ya no importa el fenómeno cinematográfico, sino esas conversaciones en la tarde, cuando el sol se pone y uno se pone a platicar para alivianarse del calor».

«En el hoyo», premiadísimo largometraje documental -Sundance, Miami, Tel Aviv, Sao Paulo, Buenos Aires, Karlovy Vary, Santiago de Chile, Los Ángeles, La Habana- que se estrenará el 25 de mayo, asiste a la construcción de un puente en el Periférico (equivalente a la M-30 en el D.F.) Rulfo no se siente lejos del mundo agrario de su padre, porque «todos estos albañiles vienen del campo. Es como trasladar el campo a una esquina de la ciudad. En México los albañiles son el icono del lenguaje urbano».

Siendo de izquierdas, sorprende su carácter apolítico y desprejuiciado. «¿Por qué no hablar de otras cosas? -se pregunta-. Finalmente, la gran clase trabajadora es como los albañiles de «En el hoyo». Ellos son los que se están yendo al otro lado, a EE.UU., y los que mantienen al país. México es uno de los grandes exportadores de mano de obra, de gente que va en busca de oportunidades. Es gravísimo. ¿Cómo puede ocurrir esto cuando el país ocupa el noveno o el décimo lugar del mundo? ¿Dónde está la «iniciativa de desarrollo»? ¿Qué les pasa? Da mucho coraje».

Al cineasta aún le enoja más que «nadie habla de esta gente. La imagen que te presentan o bien es la «gente bonita» en las películas de domingo... O bien es cine de proselitismo político o ideológico, que muestra la miseria de una manera amarillista. Creo que la clase pensante no conoce nuestro país. La gente sencilla es una maravilla. Yo lo que busco es algo más juguetón, lleno de errores, porque quiero captar a la gente sin caer en la compasión. Quisiera que los que dicen que saben tuvieran más repeto por ella».

A Rulfo le han llegado a decir que «está muy bien la película, pero nos hubiera gustado que fuera más mexicana, más del tipo de «Amores perros» o del cine de Ripstein». «¿Se referían a que fuese más patética, más siniestra, más oscura? ¿Eso es lo mexicano? Yo prefiero el planteamiento de «El violín», de Francisco Vargas, que no es patético. Tiene mucho aire y está hablando de una realidad muy concreta». En cualquier caso, su secreto es bien sencillo: «Ni me siento director, ni que estoy haciendo una película. Trabajo con tres o cuatro gentes, con cámaras chiquitas (en este caso, video y celuloide) y a los «personajes» les pido que hablen de lo que quieran».