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Roman Polanski y «El pianista» rebajan el triunfo de «Chicago»

En la cuneta quedó Scorsese, perjudicado por la sucia campaña de quien dirige Miramax, Harvey Weinstein, que dejó a «Gangs of New York» sin su Oscar

AFPUn beso de película, el que se dieron el pianista y la chica OO7
A. A. ENVIADO ESPECIAL
Actualizado
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HOLLYWOOD. Seis estatuillas doradas es una cosecha indiscutible, sobre todo si entre ellas figura la de mejor película del año, pero el paseo militar que «Chicago» se prometía, quedó seriamente en entredicho por el talento de un superviviente entre los escombros de la guerra. «El pianista» se hizo con tres de los Oscar más cotizados: mejor director (Roman Polanski), mejor actor principal (Adrien Brody, que amortizó de inmediato su premio con el beso de película que le dio, con reciprocidad, a la bella Halle Berry) y mejor guión adaptado. Nicole Kidman también amortizó la nariz postiza con la que redondeó su prodigiosa recreación de Virginia Woolf en «Las horas». Una insospechada «Frida», el empeño personal de Salma Hayek, se llevó de calle los premios al mejor maquillaje y la mejor banda sonora.

Fantasía oriental

La noche de guerra salvó del veneno del aburrimiento la casi siempre soporífera velada de los Oscar, que celebraban, bajo un Hollywood Boulevard en estado de sitio, el 75 aniversario de unos premios que la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas había empezado a conceder en ese mismo tramo de Hollywood, hoy bastante degradado pese a la fantasía oriental del teatro Kodak, en el hotel Roosevelt.

Con Bagdad, no Chicago, en las mentes de todo el mundo, Steve Martin intentó hacer chistes cuando no estaba el horno para bollos. «Chicago», el vibrante y edulcorado musical dirigido por Rob Marshall, a partir del que concibiera Bob Fosse, se hizo con los Oscar a la mejor película, mejor actriz secundaria (una embarazadísima Catherine Zeta-Jones, que ayer competía en registro bruto con su compañera de reparto, Queen Latifah, y que entre lágrimas confesó: «Mis hormonas están fuera de control», tras haberse vestido de dama equívoca de Julio Romero de Torres para cantar al alimón con Latifah un tema de la cinta, las dos quietas como toneles a bordo de un bajel), dirección artística, sonido, vestuario y montaje (acaso el más merecido por el endiablado ritmo que logra instilar).

La gran sorpresa de la noche la dio el trío de estatuillas de primera clase que atesoró un Roman Polanski ausente para evitar el celo de la justicia estadounidense, que mantiene abierto contra él desde hace 25 años un caso de abuso de una menor. Tanto el responsable del guión adaptado a partir de la autobiografía de Wladyslaw Szpilman, firmado por Ronald Harwood, como el propio Brody, que hizo diana y logró su primer Oscar a la primera, se encargaron de celebrar el arte del inconstante genio de «Chinatown».

En la cuneta quedó un eterno desplazado, Martin Scorsese, sin duda perjudicado por la sucia campaña orquestada por el peso pesado que dirige Miramax, Harvey Weinstein, que dejó a «Gangs of New York» sin un tío Sam que llevarse a las vitrinas. También se fue de vacío «Lejos del cielo», ya que su extraordinaria protagonista, Julianne Moore (también competía en la categoría de mejor actriz de reparto por «Las horas»), vio cómo el codiciado premio se iba a las manos de su compañera en «Las horas», Nicole Kidman, que no pudo reprimir la emoción y no fue capaz de seguir los consejos de su cuasi compatriota y duro por antonomasia, Russell Crowe, y lloró, después de haber fracasado en su intento de emular a Brody y buscar, sin mucho éxito, la boca de un desconcertado Denzel Washington.

Fue el de Kidman el único consuelo, pero no pequeño, que obtuvo «Las horas», la versión cinematográfica de la novela que a Michael Cunningham le valiera un Pulitzer y que dirigió con mano maestra Stephen Daldry.

Telón virtual de diamantes

Pese a los dudosos chistes de Steve Martin a costa de Michael Moore («están intentando meterle en el maletero de su limusina»), Mickey Mouse («el primer actor negro»), Francia y Alemania, fue la segunda quien se llevó el premio a la mejor cinta extranjera por «En ningún lugar en África», sin contar con que la empresa automovilística Mercedes Benz se encargó de patrocinar la gala con el anuncio que dio paso al telón virtual de diamantes, con estrella dentro, que abrió la gala.

Una contenida Susan Sarandon introdujo el homenaje a los que se llevó la parca el año pasado, como Katy Jurado, Dudley Moore, John Frankherimer, Rod Steiger, Alberto Sordi, George Roy Hill, Richard Harris, James Coburn y Billy Wilder. Abundaron las ovaciones de gala con el teatro en diferentes grados de conmoción (no pavor, pero sí «miedo» a hablar más de la cuenta, según Pedro Almodóvar) y puesto en pie, como cuando recibió Peter O´Toole un Oscar honorífico por una carrera llena de transfiguraciones, y que el exquisito británico en principio pretendió rechazar por considerarlo un epitafio prematuro para quien «la magia de las películas capturó de niño», o cuando Olivia de Haviland introdujo la tarta humana de cumpleaños con 75 galardonados con la estatuilla bañada en oro, desde la más veterana, Louise Rainer, que ganó un Oscar en 1936 a la propia Haviland, pasando por Eva Marie Saint, Karl Malden, Mickey Rooney, Rita Moreno, Maximiliam Shell, Jon Voight, Christopher Walken, Jack Valance, Ben Kingsley, Dustin Hoffman, Anjelica Houston y Robert Duvall, y así hasta 75, un prontuario de la historia del cine. Los dos Douglas (Kirk y Michael) fueron quienes se encargaron de desvelar el último secreto, de abrir el último sobre. Michael le dijo que se suponía que tenía que decir «y el Oscar es para...», pero Kirk, irreductible en su fragilidad, recurrió a la vieja fórmula: «Y el ganador es...».

Para añadir tensión a una noche trufada de guerra y paz, Kirk rompió la papeleta en dos, le dio la mitad a su hijo, juntaron las piezas y gritaron al unísono: «¡Chicago!». Con Steve Martin dando las gracias a Steven Spielberg porque «no hace daño», se acabó el «show».