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Pedro Almodóvar se hace con una butaca permanente en el Olimpo de Hollywood

El pequeño dios manchego se bajó de la limusina a la puerta de su hotel con el segundo Oscar en la mano y el «no a la guerra, a la guerra siempre no» en los labios

Pedro Almodóvar luce con orgullo su segundo Oscar. EPA
HOLLYWOOD. ALFONSO ARMADA CORRESPONSAL
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Pedro Almodóvar hizo historia el domingo en Hollywood no sólo por haberse convertido en el primer español que consigue dos Oscar de la Academia, sino porque éste «era mucho más difícil y valioso que el primero, con dos películas seguidas. Para mí y para cualquiera». No en vano lidiaba en la categoría general de mejor guión original por «Hable con ella», su decimocuarta película, con los artífices de «Gangs of New York», «Y tu mamá también», «Lejos del cielo» y «Mi gran boda griega».

Con el rostro radiante, «feliz», la voz empezando a resquebrajársele y más tranquilo que la primera vez, cuando hace tres años se hizo con la estatuilla a la mejor película extranjera por «Todo sobre mi madre», Almodóvar, desde el escenario del Teatro Kodak, agradeció «la generosidad de la Academia» y dedicó su premio «a toda la gente que está levantando sus voces a favor de la paz, el respeto a los derechos humanos, la democracia y la legalidad internacional», y «al cine español». Primero, bajo la marquesina del Sunset Marquis y después, dentro del hotel, siempre escoltado por Leonor Watling y Javier Cámara, Almodóvar, con camisa y pajarita negras, se despachó a gusto ante la prensa española antes de perderse en la fiesta de «Vanity Fair».

Una gala «fría»

«Conseguirlo y que sea el mejor guión, no lo consigue un extranjero desde el año 66, y sin que la Academia Española de Cine me hubiera abierto un poco la puerta». La única sombra, las bombas que durante la ceremonia siguieron cayendo sobre Irak. «La felicidad hubiera sido más completa si no hubiera habido guerra. Pero, durante toda la semana, a mí me ha pesado mucho, estar doblemente nominado y ver esas fotos en Internet, de Bagdad en llamas. Porque aquí no se ven ni muertos ni heridos. Ayer y antes de ayer he preferido no ver los periódicos españoles para no amuermarme, porque te preguntas qué haces aquí, en un país donde hay tanto exceso de silencio y tanto miedo, que no quiero que eso me impregne. Porque esas cosas son contagiosas. El miedo y el silencio son contagiosos. No es que yo haya encontrado gusto en ser un agitador y un pacifista activo, es que, según está la situación, no nos queda más remedio. Mejor que reaccionemos, porque tenemos una historia muy oscura y muy próxima, y que a mí ya me tocó un poco vivirla. Al menor atisbo de autoritarismo y de antidemocracia, que es lo que está ocurriendo en España, hay que salir a la calle, y eso lo ha entendido muy bien el pueblo español. Está siendo un despertar. Pero yo no vengo a darle lecciones al pueblo estadounidense, que es otra de las víctimas de lo que está pasando». A la pregunta de si no aprovecharía para hacer un cine más comprometido políticamente, dijo que su especialidad es «hablar de pequeñas cosas que le ocurren a chicos con este físico (Javier Cámara o Leonor Watling), pero no de grandes temas como la paz».

Para Almodóvar, el ambiente de la gala del domingo fue un poco tenso. «La he encontrado fría, pero también he visto más aplausos que nunca con toda la gente puesta en pie, y bastantes sorpresas. Creo que hubo un correctivo severísimo en contra de Harvey Weinstein, el jefe de Miramax, que le ha salpicado de rebote a la película de Martin Scorsese («Gangs of New York»), que verdaderamente se merecía el Oscar al mejor director. Eso le ha favorecido de un modo muy sorprendente a «El pianista», de Roman Polanski», se arrancó el cineasta de Calzada de Calatrava, de donde le había llamado su hermana para contarle que en la ermita que él y su hermano Agustín apadrinan, habían ardido velas toda la noche y en su pueblo manchego tiraron cohetes en cuanto se supo que lo había vuelto a hacer. Agradeció a sus actores y a la gente de El Deseo todo su respaldo: «A toda la gente que ha hecho posible la película y que me apoyan día tras día y que soportan lo peor de mí, porque no siempre soy un chico encantador». Admitió que, visto lo visto, acabará por volverse creyente, y que cuando recibió el premio por «Todo sobre mi madre» intentó explicar lo que era una campaña manchega para los Oscar, y que mucha gente pensó que era un meapilas: «Ojalá fuera un meapilas. Mi familia ha seguido poniendo velas a un montón de santas, y ha vuelto a surtir efecto. No creo en Dios, pero creo absolutamente en la paz, en el único medio en que la vida tiene un mínimo de sentido para poder desarrollarse, que es en el amor».

Confesó que había percibido «miedo, era evidente, y eso ha dominado toda la ceremonia. Se palpaba el miedo. Y hablando con Michael Moore (Oscar al mejor documental por «Bowling for Columbine»), le he felicitado y le he dicho que me parecía horrible lo que le han hecho, silbarle y abuchearle, que parte de la gente se comportara de ese modo. Uno da por descontado que esta situación está muy clara y que todo el mundo piensa como tú, y no es cierto. La gente estuvo muy discreta, e incluso activistas con tanto coraje como Susan Sarandon han optado por la sutileza. Por miedo, también yo me he callado frases a favor de la democracia, que se había vulnerado de un modo tremendo durante la semana. Yo también sentí un poco de miedo por el ambiente». Comentó que tal vez, algún día, haga «una película en inglés, aunque no necesariamente en América; creo que puedo reunir el dinero en Europa y de ese modo me sentiré mucho más libre y todos saldremos ganando».

«Steve Martin estuvo «muy mona»»

Para Almodóvar, «lo peor de esta ceremonia es la horrible dictadura de los 45 segundos, no hay dios que en 45 segundos, por brillante que sea, dé con la medida. Yo escribo para el cine, ésa es la gran diferencia, no para la televisión. Ésa es una dictadura que todo el mundo ha respetado». Admite que las tablas que le dieron el primer Oscar le hicieron estar más tranquilo esta segunda vez, pero además del cronómetro, hay algo que no le gusta: «Es un premio muy importante y te humillas y accedes, pero es que se trata de televisión, y todos los que participamos lo hacemos como figurantes -de lujo, pero figurantes-, y yo odio la televisión, odio el ritmo de la televisión, creo que ése no es el ritmo en que las personas se entienden y hablan. No me gusta ese ritmo. Pero estaré aquí cada vez que me nominen».

De Steve Martin, el presentador, dijo, con toda intención, que le pareció «mona», aunque le dio un poco de miedo «cuando comentó al principio que Francia y Alemania no estaban de acuerdo en que él presentara. Me dije, ¡Dios mío, cómo empiezan! Es un buen cómico, muy seco, y el humor de aquí, de las ceremonias, lo encuentro muy obvio, machista, en general, con bromas sobre Jennifer López, que es puritito landismo, y un poco obvio».

Por el contrario, de uno de los intérpretes de «Y tu mamá también», el mexicano Gael García Bernal, dijo que fue «fino, delicado y valiente, porque se salió del «propter» (la pantalla transparente, en la que se lee el texto del discurso, que tanto le gusta a George W. Bush). No era lo que tenía asignado en el guión. La gente tiene mucho miedo de perder lo que han conseguido a lo largo de su vida». El director de «Hable con ella», considerada por algunos de los principales críticos de Estados Unidos como la mejor película del año, cree que con filmes como «Tigre y dragón» o «La vida es bella», los estadounidenses «no es que dejen mucho espacio, pero sí un margen para la sorpresa que viene de fuera, y desde los años sesenta, con Fellini, Visconti, Passolini, Goddard y Buñuel, no ocurría algo así. Este año, dos películas de habla hispana competían por el mejor guión». En Hollywood hace tiempo que le consideran y el domingo se lo reiteró -«para mi estupor»-, Jack Valenti, «uno de los suyos». Y lo ha logrado sin dejar de ser él mismo. Pedro Almodóvar. Un dios extremadamente humano.