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La otra torre de Pisa

Hace años ya que el futuro del cine italiano no es lo que era: faltan nombres, apellidos, personalidad y fuerza. Otras cosas, también, y desde ayer, falta además Gillo Pontervo, cineasta, comunista

E. Ropdríguez Marchante
Actualizado
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Hace años ya que el futuro del cine italiano no es lo que era: faltan nombres, apellidos, personalidad y fuerza. Otras cosas, también, y desde ayer, falta además Gillo Pontervo, cineasta, comunista, judío, químico, periodista, agitador y agitado, director de la Mostra de Venecia durante un lustro largo y también lustroso... Pontecorvo tenía fama de ser un tipo demasiado recto, especialmente habiendo nacido en Pisa. Su filmografía es conocida y, en cierto modo, reconocida por todo el mundo. Tienen tanto él como sus películas ese prestigio difícil de tumbar de lo que ha bendecido «la izquierda» por mucho que soplen otros vientos que parezcan desequilibrarlos (de nuevo Pisa).

De entre su filmografía, sus tres títulos más conocidos, al menos por aquí, son «La batalla de Argel», uno de esos hitos del cine político, o social, que mezcla lo real con la ficción y que conecta con todo tipo de público de un modo directo, instantáneo, ganó el León de Oro de Venecia y estuvo prohibida durante algunos años en Francia, con el porestigio que da tal cosa; «Operación Ogro», de producción española y que recrea el asesinato de Carrero Blanco a manos de un comando de ETA, y está narrado en tono más de intriga que de mirada social o de fondo ideológico, y desde luego su relación con la realidad dista mucho de ser la de los sucesos de Argel; y el tercero, y probablemente más interesante, sería «Queimada», una reflexión sobre cómo se encienden las mechas de las revoluciones en la que embarcó a Marlon Brando, que interpreta al aventurero William Walker a la isla de Queimada, donde urdirá y tejerá las tramas necesarias para convertirla en un polvorín.

En cierto modo, hijo del neorrealismo, Pontecorvo cultivó siempre que pudo su afición a lo tangible, al documento, al documental y todos sus últimos trabajos fueron dentro de este género («Otro mundo es posible», «Firenze, il nostro domani», aquel mítico «L'addio a Enrico Berlinguer»)... También hijo de Pisa, vivió siempre con su inclinación a la izquierda, y hacia allí cayó.