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Nicole Kidman, Meryl Streep y Julianne Moore: el arte de helarte

El arte de la interpretación, que a veces suena pomposo y hasta falso, toma profundo sentido cuando se habla de Nicole Kidman, o de Meryl Streep, o de Julianne Moore, las tres protagonistas de una maravilla titulada «Las horas»

La mirada de Nicole Kidman hechiza a los humanos y a la cámara. AP
E. RODRÍGUEZ MARCHANTE ENVIADO ESPECIAL
Actualizado
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BERLÍN. Ante una película como «Las horas» se está cabeza abajo, como un murciélago, con la circulación cambiada y la sangre en flujo desbocado hacia las ideas. Y una película como «Las horas» justifica la cantidad ingente de tonterías que uno ha de ver y hacer en

estos festivales. Ya no importa ni que quiten el idioma español de entre los oficiales, ni que pongan películas francesas de lote, ni que el nuevo director del festival se rebusque con el dedo dentro de la nariz, ni que haya que aguantar las simplezas de estrellitas y actorzuelos, ni que las películas vengan envueltas en flores de adormidera... Al ver «Las horas» quedan justificadas tantas y tantas de ellas perdidas con tanto farsante, porque en esto del cine, como en la alfarería, lo que más abunda es la diletancia, el «aficionao» para entendernos.

Sin duda, Nicole Kidman tiene afición a su trabajo, y por eso lo eleva a categoría de arte; sabemos que en esta película, «Las horas», es Nicole Kidman, porque lo pone en los títulos de crédito. De no haberlo puesto en los créditos, se podría jurar por la memoria del gran cine que la señora que aparece es Virginia Woolf. De Nicole Kidman, a Virginia Woolf..., es decir, cambia su gran belleza de sitio y realiza una interpretación por dentro, pero también por fuera de una escritora volcada en sus últimas líneas, en su punto final, en la insoportable lucidez amarga de su Miss Dolloway... Pero Stephen Daldry, el director (lo fue tambien de «Billy Elliot»), no permite salir de la sorpresa, de la profunda emoción del primer párrafo de su película, cuando ya te instala en esas horas en las que cualquier ser humano decide rascarse el cuello con la guadaña. Y suenan en la película los tres tiempos como tres chasquidos: une «Las horas» tres tiempos y tres lugares distintos pero sujetos al mismo hilo de bramante del que pende la emoción y la desolación. Julianne Moore en Los Ángeles de los años cuarenta y Meryl Streep en el Nueva York del 2000 exhalan el mismo suspiro de Miss Dolloway, o de Virginia Wolf. Es una película profundamente femenina, en el sentido de que le habla a cualquier mujer (o a lo que de mujer tenga cualquier persona) entre susurros de amarguísima frescura; es película, también, sustancialmente depresiva. Y no choca, ni por lo uno ni por lo otro, que el director sea alguien como Stephen Daldry: todo tan sutil pero tan firme como la pisada de su Billy Elliot, y con esas tres actrices que le tatúan al espectador las emociones, y los demás, porque Ed Harris, John C. Reilly o Tony Colette se suben por las paredes del plano.

Es absurdo, después de ello, hablar de ningún otro título, y menos aún del francés «Madame Brouette», una ingenua película en realidad rodada en los arrabales de Dakar por Moussa Sene Absa. También se proyectaba la alemana «Good bye, Lenin», de Wolfgag Becker, que resultó francamente ingeniosa y buena. Pero es otra historia.