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HAY QUE MATARLAS

ROSA BELMONTE
Actualizado
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Acabamos de enterarnos de que la actriz Teri Garr tiene esclerosis múltiple. Pero ella se lamenta de que lo peor para su carrera no es una enfermedad tan terrible sino ser una mujer de más de 50 años en Hollywood. La Garr ha venido a coincidir con Terencio cuando sentenciaba que la vejez, por sí misma, es una enfermedad. Claro que seguramente en la Roma de antes de Cristo tener 50 años era un logro, pero ahora es tan corriente como que se te inunde la casa en Castelldefels. Es cierto que la intérprete de «El jovencito Frankenstein» o «Tootsie» nunca ha sido una primera espada en el cine pero aun así la anécdota se eleva a categoría. Mientras a las viejas de 50 años les dan la jubilación anticipada sin derecho a indemnización, los jóvenes de 60 o 70 años mantienen ese garbo juvenil inherente a cualquier estrella masculina. Harrison Ford se pasea por ahí con sus arrugas, su novia joven y su ridículo pendiente en la oreja. Jessica Lange viene a San Sebastián y se la recuerda en la mano de King Kong o revolcándose enharinada en la mesa de la cocina con Jack Nicholson.

Pero ahí está Jack Nicholson que, pese a su edad, no sólo sigue siendo apto para revolcarse sino también para mantener en primer lugar su nombre en los títulos de crédito de una película. No hay más que ver la espléndida fotografía del «Vanity Fair» de octubre con motivo del 90 aniversario de la Paramount. 90 estrellas para 90 años. Viejos y jóvenes. Pero si se fija una en los que están en el centro (bueno, el centro geométrico es para Tom y Pe) resulta que nos encontramos a Michael Douglas, Harrison Ford y Al Pacino. Ahora bien, si miramos alrededor y buscamos a las chicas de su edad (Dianne Keaton, Jane Fonda, o Sally Field) nos cuesta tanto trabajo recordar sus últimas cinco películas como traer a la memoria las de Jane Russel o Patricia Neal. Y lo que es válido para los actores de Hollywood los es también para los invitados a una boda de postín en El Escorial.

Ni que decir tiene que no hablamos de nada nuevo. O si no que lo diga Isabella Rossellini cuando la echaron de Lancôme por vieja y tuvo que montar su propia marca, Manifesto, que era algo así como el «J´acusse» de Zola pero adaptado a los cosméticos y a la estupidez reinante. Tal como están las cosas, me apunto a la teoría de Alfred Jarry (pero cambiando el género): a las viejas hay que matarlas jóvenes.