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FESTIVAL DE CINE DE VENECIA

Llega el director Kim Ki duk tan «piadoso» como siempre

El coreano presenta «Piedad», un violento filme sobre la venganza y la compasión

Llega el director Kim Ki-duk tan «piadoso» como siempre
El director surcoreano Kim Ki-duk rodeado de los actores Cho Min-soo y Lee Jung-jin a su llegada a la proyección de «Piedad» - efe
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Al director coreano Kim Ki-duk se le desmaya la gente en las salas, pues tiene el mismo sentido del tratamiento de la violencia que un cocodrilo tripero; su obsesión en este campo llevó hasta casi la muerte a una de sus actrices durante el rodaje de un ahorcamiento, lo que le dio que pensar durante estos últimos años.

Ha reflexionado y ha vuelto en plena forma: la primera escena de «Piedad» es un personaje que se ahorca, aunque, para ser sinceros, esta película que presenta en la competición por el León de Oro, violentísima en su arranque y desarrollo, se empeña en resolverse empapada de serenidad, piedad, generosidad y sentido bíblico, y recibió uno de los mayores aplausos en lo que va de Festival. No sé si tal cosa pone un poco en entredicho el equilibrio y la salud mental del acreditado a la Mostra.

Durante la primera hora, el personaje protagonista, un expeditivo cobrador de impagados, somete a los morosos a toda clase de torturas, y ése era un buen momento de irse del cine, aunque entonces no se hubiera asistido a lo bueno de la historia cuando aparece en ella una mujer diciéndole a este Hannibal Lecter sin gusto gastronómico y sin modales en la mesa (se zampa los animales a medio matar y arroja sus restos al suelo) que es su madre, y que lo abandonó al nacer. Primera y gran idea: se es mejor persona si se tiene madre. Y se transforma más rápidamente que Spiderman y comienza a pulirse a sí mismo en lo que podría ser una sengunda idea: los sentimientos te debilitan. Y el sentido operístico y lírico de Kim Ki-duk empieza a tejer un bonito espacio de intriga para que entre también la venganza... «Piedad» es mejor de lo que parece a simple vista, aunque está lejos de devolverte lo mucho que te quita, con tanta escena insoportable y de extrema sordidez tanto en el terreno de lo violento como de lo sexual.

Otro título en competición

El otro título era el dirigido por la chilena Valeria Sarmiento, «Líneas de Wellington», dedicado a Raoul Ruiz, su marido y con quien trabajó de montadora y guionista en casi todas sus películas. Ruiz comenzó este proyecto y tras su muerte lo asumió por completo Sarmiento con un resultado de tamaño espectacular. Se narra un episodio histórico portugués, cuando se atajó la tercera invasión napoleónica en las Torres de Vedrás, ya junto a Lisboa. El movimiento de tropas, de masas populares y de sentimientos es el motor del argumento, y permite que haya borbotones de personajes y de actores con nombre para interpretarlos, aunque algunos de ellos, como Piccoli, Deneuve, Hupert o Amalric pasen por la pantalla tan de refilón como un vegetariano por una casquería (o sea, están por estar, quizá como homenaje a Raoul Ruiz); Marisa Paredes tiene un papel algo más lucido y lo resuelve con sentido y elegancia, y Malkovich no pierde ocasión de convertir a Wellington en una caricatura. Desgraciadamente, lo inacabable y monótono de la narración convierte la película en una pequeña tortura, al estilo de Kim Ki-duk, pero con bostezo en vez de sangre.