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LA DOLCE VITA DE...

Filosofía del verano

No hay otra que la huida, la escapada. Salir, uno procura no mirar atrás. El verano, en su extraña filosofía de perder el tiempo

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No hay otra que la huida, la escapada. Salir, uno procura no mirar atrás. El verano, en su extraña filosofía de perder el tiempo —bendita recomendación para estos tiempos de falso vértigo—, tiene en la lectura uno de sus atractivos hermosamente solitarios. Nosotros, los ahogados, del danés Carsten Jensen, un soberano narrador, un Pérez-Reverte nórdico, ha sido un descubrimiento deslumbrante. Un narrador en estado puro. Una saga a la manera contemporánea. Jensen acompaña al lector y le abre un paraíso de sensaciones, a veces sombrías, a menudo reveladoras de unos anhelos irrenunciables. Jensen ha sabido leer al Stevenson de Ocho años de problemas en Samoa, al Melville de Billy Budd, al Conrad de El copartícpe secreto y El negro del Narcissus. Uno no querría que se acabara nunca, sino seguir ahí, en medio de los Nosotros, los de la población costera de Marstal, al sur de Dinamarca. Ambiciones, pasiones amorosas, vientos que arrastran vidas a través de los océanos: Terranova, Samoa, Tasmania, Amberes, los puertos marcan el mito de los ritos del mar. No hay otra lectura para el tórrido y largo verano.

Iñaki Lacuesta ha rodado un documental que es una caja de rarezas, asombros y revelaciones. Una historia discreta, que se troca, siempre, en secreta, inspirado en el excelente libro de Marcos Ordoñez dedicado a las andanzas de la grandísima, exagerada y genial Ava Gardner en Madrid. La noche que no acaba es un filme exquisito, una historia en poderosas imágenes narradas con sentido y sensibilidad. Describe la leyenda de Cuando —como nos acaba de recordar Javier Rioyo—, Hollywood estaba en la Gran Vía. Una España oculta, y lo hace con una belleza apabullante. El Madrid paralelo de los paraísos artificiales.

Si el verano es la carretera, los desvíos, lo mejor está en las secundarias, como bien cuenta Alfonso Armada.Pasar y seguir. Cambiar el rumbo, retomarlo, volver. Perderse para ocultarse. Y como paraíso de la buena cocina castellana el Mesón del Ermitaño, un lugar tan placentero para el buen comer. Los canutillos de cecina rellenos de hígado de pato semicocido con dulce de membrillo, el lechazo asado al horno de leña con patatas asadas al ajoaceite y pimentón, el bacalao con manitas de lechazo guisado, panceta crujiente y aceite de perifollo, los vinos de Toro y la atención de Pedro y Óscar componen una algarabía de placeres con la que animar ese maravilloso perder el tiempo, que es la filosofía mayor del verano.