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Jean Reno: «Las películas no deben tener nacionalidad sino corazón»

El protagonista de «El chef» habla largo y tendido de Hollywood, subvenciones, gastronomía y cementerios judíos

Jean Reno: «Las películas no deben tener nacionalidad sino corazón»
El actor, en una imagen de «El chef, la receta de la felicidad» - abc
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Reconforta y hasta regocija comprobar que, por una vez, en una entrevista personal con una estrella (sui géneris, eso sí) de Hollywood,quien acarrea papel y boli no es el que gasta el peor aliño indumentario de la sala. Y, ya puestos, tampoco el que luce en el DNI nombre y apellido más «vulgares». Porque el hombretón que tenemos enfrente, ataviado con una sudadera azul «militar» (del Ejército de Salvación concretamente) y que nos mira con ojillos marsupiales es, sencillamente, Juan Moreno. Aunque, cuando empieza a hablar, recordamos que nanay, que en el fondo es el tipo que ha trabajado a las órdenes de Brian De Palma, John Frankenheimer, Ron Howard o Luc Besson. Y, cuando desliza en su discurso algunas gotas de azafrán con acento gaditano, también nos acordamos de que, con mucha guasa, y sin que se le cayeran los anillos, hizo de Doraemon (el gato cósmico, sí, consulten YouTube), en algunos anuncios de Toyota. Un tipo peculiar este Juan.

—Nuevamente una comedia entre fogones. ¿Por qué maridan tan bien las carcajadas con algo tan serio como la gastronomía?

—Porque la cocina es un gran teatro, lleno de intensidad y emociones. Desde el cine mudo, las situaciones cómicas se multiplican si hay platos y manjares de por medio.

—En «El chef», su personaje tiene que saber lidiar entre la cocina «molecular» y las perolas tradicionales. ¿Así se siente usted en su profesión, casi siempre a caballo entre el cine de humor y el de acción?

—No es un equilibrio premeditado. No me levanto un día y pienso: «Mi última película fue de tiros, así que tengo que pedir a mi agente una bufonada de enredo». A veces me apetece reír, otras descargar adrenalina y, en ocasiones, algo más serio. Por ejemplo, acabo de trabajar en la adaptación de «La gaviota», de Chéjov, en una película que irá al Festival de Sundance. El equilibrio y la balanza los pongo yo.

—¿También alternar Hollywood y cine europeo es un problema de pesas y medidas, o de intuición?

—Eso es cuestión de ustedes, los periodistas, y su manía de poner fronteras y etiquetas a todo. Yo no encuentro diferencias a la hora de rodar en París, Connecticut, China o Japón. Mi concepto de Hollywood no es el mismo que maneja la prensa. ¿Pa qué? Hacer una película como «El código Da Vinci» es, para mí, poder compartir alguna velada con mis colegas Tom (Hanks) y Ron (Howard). Nada más.

—Entonces, de su rol de estrella de Hollywood no hablamos, ¿no?

—¿Estrella dice? Soy un tipo que ha tenido la suerte de que en Hollywood le respeten porque le ven como un actor «académico», todoterreno y con cierta aura de prestigio europea.Ellos son así, les impresiona mucho lo que llega de Europa.

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Reno, en «Kamikaze 1999» (1983)

—Que se lo digan a «The artist»... Por cierto, usted debutó hace 30 años con otra película muda, en blanco y negro y de autor (su amigo Luc Besson): «Kamizake 1999». ¿No cree que ya está todo inventado?

—Sin duda. Aquella fue una buena película para el debut de un actor como yo. Tan naíf, con tanto talento dentro... Y solo con un guión de 22 páginas. «The artist» es otra cosa, un bello homenaje al cine americano antes que nada. Pero es tan buena que algunos espectadores ni siquiera notan que es muda.

—«The artist», «Intocable», «El nombre», «El chef»... El cine francés se lo está llevando crudo últimamente, ¿no?

—Y tanto. Vivimos una racha estupenda, aunque siempre ha tenido una gran conexión con el público de todo el mundo. No hay más que ver la cantidad de remakes que hace Hollywood de éxitos del cine francés.

—También es cuestión de apoyos, que en su país abundan mucho más que aquí, como reconocía hace poco en estas páginas François Ozon...

—Desde luego. Aunque ahora ha llegado también la época de las vacas flacas y los recortes. Sin el apoyo de las instituciones y, sobre todo, las televisiones, el cine estaría muerto. O, al menos, sería muy difícil mantener la producción. Espero que no lo aniquilen.

—Quizá la clave también está en que las películas taquilleras de su país son rabiosamente francesas, mientras que las nuestras que triunfan son, precisamente, las que no parecen españolas.

—Sí, siempre andamos buscándole tres pies al gato. Yo creo que es cuestión de mentalidad, casi de filosofía. Y de cierta envidia: la gente piensa que la hierba es más verde en casa de su vecino. Lo más importante de todo es que las películas tengan corazón y no nacionalidad. Si lo tienen, el camino más duro está ya recorrido.

—«Los visitantes», «El profesional (León)», «Misión imposible», «Los ríos de color púrpura», «Ronin», «El tigre y la nieve», «¡Que te calles!», «El imperio de los lobos»... ¿Con cuál se queda?

—Con todas, desde luego. Las películas son, ante todo, momentos imborrables e insustituibles. No tengo ninguna preferida, y me resulta imposible quedarme con una, o con varias. Aunque sí hay situaciones que he vivido con ellas que me convierten en un privilegiado. Por ejemplo, recuerdo que, durante el rodaje de «Misión imposible», hice una visita al cementerio judío de Praga junto a Jon Voight, que siempre ha sido uno de mis ídolos. Fue algo maravilloso.

—Aunque parezca mentira, el verano que viene ya le caen los 65 años. ¿Piensa jubilarse o, incluso, reciclarse? ¿No le tienta sentarse en la silla de director, como Dustin Hoffman, que ha debutado como cineasta a los 75 años?

—Dirigir me da pereza. Prefiero hacer otras cosas, como viajar y cambiar de aires lo máximo posible. Me gusta moverme, no estar sentado en una silla, aunque sea la de director.

—Aunque nos olemos la respuesta, ¿se siente usted un actor infravalorado? O, dicho de otra forma, ¿le importa tener menos premios en sus vitrinas de los que podría merecerse?

—Mire, los premios, que me los den mis vecinos y mi familia. Hay un dicho andaluz muy sabio y que suscribo plenamente: la vida es más importante que los premios. ¿No cree?