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Javier Bardem le echa un pulso a Al Pacino

Javier Bardem, ayer en el Lido veneciano, durante la presentación de la película «Mar adentro». AP
E. RODRÍGUEZ MARCHANTE/
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VENECIA. Aquí esperaban todos a Amenábar y su película con las dos manos en posición de aplauso. Las referencias que habían llegado (habíamos traído) de «Mar adentro» y de Javier Bardem obligaron a la prensa internacional a pegarse un buen madrugón, pues se proyectaba a las ocho y media de la mañana. Durante las dos horas que dura la película, el público se movió menos aún que Ramón Sampedro, al que conocieron ahí, en la pantalla, y con el que se desayunaron toda la carga emocional de su historia.

Se notaba el peso de la congoja y del agobio durante la proyección y se tradujo en un aplauso general al final de ella. La sala no se vino abajo, pero sólo porque la hora era absurda y porque «Mar adentro» no provoca a su término demasiadas ganas de moverse, sino más bien la necesidad de hacer un íntimo boca a boca con el aire que hay más allá de la puerta de la calle. Hubo un mayor estruendo en la rueda de prensa posterior, con el personal ya repuesto. Amenábar no es un «showman», no tiene dotes para meterse a la gente en el bolsillo, pero no las necesitó: su película ya lo había hecho por él.

Candidatos a los premios

En los habituales ambientes de escaleras y colas entre película y película se daba ayer ya como seguro que «Mar adentro» ganaría alguno de los premios, y puede optar a todos ellos, desde el mayor a cualquiera de los otros, dirección, interpretación masculina (Javier Bardem es aquí en el Lido lo que Ronaldinho en el Nou Camp) o femenina, pues tanto Belén Rueda como Lola Dueñas o Mabel Rivera consiguen pelarle el cable del sentimiento al espectador. Y no le hicieron apenas sombra las otras dos películas del día a la competición, una china de Jia Zhang-Ke pomposamente titulada «El mundo» y una italiana de Guido Chiesa, «Lavorare con lentezza». Y de ellas habría que hablar si sobrara un hueco y no se hubiera colocado en él Al Pacino, que vino por la proyección, fuera de concurso, de «El mercader de Venecia», con la historia de uno de los más grandes guionistas del cine, William Shakespeare, dirigida por Michael Radford, del que apenas se tenían noticias (al menos, buenas) desde «El cartero de Pablo Neruda».

Filmada por aquí, a dos o tres paradas de «vaporetto» del festival, este «Mercader de Venecia» permite con cierta generosidad que el verso shakespeariano retumbe entre piedras, puentes y canales, lo que le lleva a uno al siguiente soliloquio: ¿qué han hecho con los japoneses y los finlandeses? Y mientras se desliaba la historia del judío usurero Shylock y los gentiles Bassanio, Porcia y Antonio (todos lo nombran un poco en el estilo de Melanie Griffith a Banderas), de la deuda, de la libra de carne y de la letra pequeña de los contratos, podía uno zambullirse en otro segundo soliloquio: ¿cómo habrán conseguido convencer a Al Pacino para que esté tan contenido en el papel de Shylock, que le hubiera dado a él un juego malabar digno del Circo del Sol? Pero no. Al Pacino, que parece en la película el abuelo de Al Pacino, está ajustado a la norma, tal y como pretende con ahínco miserable su personaje.

En los otros papeles, sobresale un Jeremy Irons (el Antonio deudor de la libra de carne) que se va apagando tal y como pide su personaje, de esos que él borda de tipo muy desmejorado y a punto de morir. Joseph Fiennes y Lynn Collins, la parejita, no son muy shakespearianos en el decir del verso pero sí en el dar la imagen, con lo que tampoco molestan tanto.

Y aunque esto debería terminarse aquí, le ponemos una pequeña «espuela» para mencionar la película más polémica del día y tal vez del festival. La firma el requetemoderno Gregg Araki y se titula «Mysterius skin». Su argumento es demoledor, y el modo de contarlo, tan extraño como magnífico. Se centra en dos personajes distantes, dos jóvenes, que durante niños sufrieron abusos sexuales por parte de su entrenador de béisbol, y en cómo asumió cada uno de ellos la sordidez del suceso. La polémica surge, precisamente, en el punto de vista que nunca pierde el director y que no es el moral, ni el penal, ni el social... Está mirado desde un punto de vista ¡romántico!... «Mysterius skin» habla también de los ovnis y de cómo encontrar la llave que abre la puerta que abre el armario y se sale de allí... En fin, rara e irrespirable.