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Janet Leigh no murió apuñalada en una ducha en el motel de Norman Bates

Janet Leigh, protagonista de clásicos como «Psicosis» o «Sed de mal», falleció durante la madrugada de ayer en Beverly Hills víctima de una vasculitis

E. RODRÍGUEZ MARCHANTE/
Actualizado
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BARCELONA. La muerte de Janet Leigh siempre será una y solamente una: desnuda, desprevenida, bajo la lluvia fina de una ducha, mientras que Norman Bates disfrazado de su madre la cose a puñaladas y suena la música estridente de Bernard Hermann... Y muere Janet Leigh en una mezcla de sangre y agua yéndose por el desagüe. Por eso, la de ayer era una información rara y que sólo podía tener un titular: Janet Leigh no ha muerto en una ducha. Tenía 77 años y murió en su propia casa, también un caserón pero en la placidez de Beverly Hills; falleció de una dolencia rara, con nombre más de taller de reparación que de mito de Hollywood: vasculitis, que es algo así como una inflamación de las vías circulatorias. Tampoco murió en el desolado marco de «Psicosis» y ante la mirada siempre un poco sucia de Alfred Hitchcock, sino en compañía de su esposo, Robert Brand, y de sus hijas Kelly y Jamie Lee Curtis, ambas de su matrimonio con Tony Curtis.

Ésta ha sido la segunda y definitiva muerte de Janet Leigh, una actriz que ha hecho docenas de películas, pero que hubiera pasado mucho más desapercibida para la historia del cine de no haber sido por dos directores y dos títulos: Alfred Hitchcock y Orson Welles, «Psicosis» (1960) y «Sed de mal» (1958). Y resulta curioso que en estas dos películas, que serán las que sujeten el nombre de Janet Leigh para la eternidad, ella sólo tenga una presencia relativa. En «Psicosis», como recuerda todo el mundo, muere en el primer tercio de la película, con lo que el gordo Hitchcock conseguía el mayor bofetón a la lógica y a la intriga al «cargarse» de sopetón a la estrella, algo siempre impensable y sorprendente para el espectador. Y en «Sed de mal» interpretaba a la inquietante esposa del policía fronterizo Mike Vargas, y tenía que hacerse un hueco esta elegante actriz entre las personalidades en tromba del mejor Charlton Heston, de un sudoroso Orson Welles y una arrasadora Marlene Dietrich.

Probablemente Janet Leigh no sospechaba que Hitchcock le ofrecía con ese «pequeño» papel su pasaporte para la historia, pero el director, sin duda, sí, y no se lo ocultó: los espectadores se pasarán toda la película (y toda la vida) con las imágenes de esa ducha en la cabeza... Lo que ya no sospechaba Hitchcock es que la propia actriz no podría ya quitárselas de encima el resto de su vida, y, según ha confesado en alguna ocasión, nunca más tuvo acceso al sencillo placer de darse un duchazo.

La reina del «peliculón»

Estos son los picos, las cimas, de su filmografía, pero si se repasa meticulosamente el resto de su obra se descubrirá otra faceta de esta actriz: era la reina del «peliculón», de ese cine del majestuoso Hollywood que le dio sentido al concepto aventura. Títulos como «Scaramouche», «El príncipe valiente», «Los vikingos», «Colorado Jim», «Safari», «Coraza negra»; directores como George Sidney, Henry Hathaway, Anthony Mann, Richard Fleischer, Terence Young..., y galanes como Stewart Granger, Kirk Douglas, Tony Curtis..., incluso este detalle, el que hiciera un montoncito de películas con Tony Curtis («El gran Houdini» los unió en 1953), y que no por ello dejara de ser una actriz hábil para el cine más ambiguo y perfilado, demuestra que sus grandes dotes de interpretación eran a prueba de filtraciones. Dicho de otro modo: supo trabajar con Jerry Lewis en «Un sofá para tres» y con Frankenheimer en «El mensajero del miedo» (por no citar más a Welles).

Janet Leigh empezó en el cine por casualidad, como todos; se cuenta que Norma Shearer vio una foto suya y la propuso para una película titulada «El romance de Rosy Ridge», en 1947. En 1949 hizo su primera gran película, «Mujercitas» (el papel de Meg, pues el de la puñetera Jo lo hacía la redicha June Allison). Al final, trabajó poco y preferentemente con su hija Jamie Lee Curtis en esas películas en las que ella grita como nadie lo ha hecho a aquel lado de la cámara: en uno de esos «Halloween 20 años después» (1998) y algo antes, en 1980 en un Carpenter auténtico, «La niebla».

Y ahora, seamos pragmáticos y optimistas: si se ha muerto Janet Leigh es que queda casi toda la película por delante.