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La guerra como adicción

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ANTONIO WEINRICHTER

Buscando usualmente ofrecer un discurso de consenso, más que de disenso, Hollywood llega tarde a las guerras, al menos desde la de Corea: no produjo (casi) nada sobre Vietnam y Kuwait hasta después de que acabaran. El disenso sobre la guerra de Irak debe ser aún mayor, porque esta vez, a Hollywood le ha dado a tiempo a generar varios títulos notables. Éste es uno de los mejores, en parte por haber entendido (como hizo Brian de Palma en Redacted) que la imagen de esta guerra no pertenece al modo épic de la segunda mundial, sino al ultrarrealismo nervioso, urgente, de "baja fidelidad" de los noticiarios de la tele. Pero sobre todo porque la directora, Kathryn Bigelow, ha sabido dejar a un lado las razones que llevaron a los soldaditos americanos a la guerra y se ha concentrado, con minuciosidad y un sentido físico admirable, en el día a día de la patrulla de artificieros protagonista. Lo que se nos cuenta, en efecto, es media docena de salidas del grupo encargado de desactivar bombas trampa en las calles de Bagdad y alrededores: la escena en la que rodean una casa en el desierto es una de las más impresionantes. Es un trabajo de tan alto riesgo que los hombres cuentan los días que les quedan para acabar su temporada en el infierno. Todos menos uno, que es el gran hallazgo de la película, el sargento que encarna un magnífico y desconocido Jeremy Renner: un soldado que no parece conocer el miedo ni el instinto de supervivencia, un hombre para el que la descarga de adrenalina supone una poderosa adicción que nada puede sustituir en tiempos de paz. Un héroe dudoso o ambiguo, pues, pese a que su misión es estrictamente la de salvar vidas, que añadir a esa galería de masculinidad con la que el viejo Hollywood construyó muchos de sus mejores relatos. Ninguno, eso es seguro, dirigido por una mujer con los ojos, por no decir otra cosa, tan bien puestos como Bigelow.