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Gato escaldado y panza arriba

JAVIER CORTIJO/
Actualizado
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Prosigue el «apocalypse miau» en la cartelera. Tras los leves arañazos de «Catwoman» y los ronroneos de «Doraemon» (o viceversa), ahora le toca el turno a ese gatazo no triste y azul sino feliz y butano al que más de uno querría parecerse de mayor. El temor principal de un proyecto como éste era el «efecto Scooby-Doo», esto es, que la gracia y el salero del garabato bidimensional se convirtiesen en un amasijo de bobadas 3D, perfectamente conjuntadas y articuladas, eso sí, para que todos noten lo rebién que está reproducido por ordenador cada pelo del bigote del minino. Desde luego, la parte técnica está bastante lograda, a pesar de que en ocasiones Garfield parezca más ciclán que barrigudo, aunque a la otra parte contratante le falten unas cuantas cláusulas y letras pequeñas. Hablando en plata: convertir a uno de los iconos incorrectos, deslenguados y montaraces en un personajillo infantil corriente y moliente es como fichar a Bart Simpson como quinto teletubbie.

Por si fuera poco, el argumento de la película tampoco ayuda mucho, limitándose a la fuga y posterior recuperación del perrillo Odie y, paralelamente, al enamoramiento de Jon con Liz, a quien da vida y pantorrilla una Jennifer Love Hewitt que podría ocasionar otro daño colateral entre el público infantil más letal que ningún otro: el «efecto Leticia Sabater». Quizá todo cambiase si al guionista, Joel Cohen, se le cayese la hache del apellido (las mudas valen mucho, como dijo Delibes), o si Peter Hewitt hubiese recuperado el garbo pelirrojo de «Los Borrowers», que tampoco era mucho pedir. Suponemos que adaptar para la gran pantalla una tira cómica no debe de ser coser y cantar, aunque si Tim Burton lo hizo con una colección de cromos en «Mars Attack», no valen excusas. Así que, ante el panorama, lo mejor es relajarse, lasaña en mano mejor, con las gracias, bailoteos y cucamonas del bicho (que haberlos, haylos), cruzar los dedos para que no tengamos secuelita y hacer un esfuerzo y acercarse a alguna sala VO (o «la sala» VO) para paladear el doblaje original de la perfecta encarnación humana del héroe: Bill Murray, plan «ligeramente» más apetecible que Latre y sus cien «¡y eso!» pantojeros portorriqueños por banda. Y, de postre, recordar las sabias palabras de Yoda a su cachorro Luke: «O lo haces o no lo haces, pero no lo intentes».