ES NOTICIA EN ABC

AL FINAL SE HA QUEDADO UNA NOCHE FRESQUITA

E. RODRÍGUEZ MARCHANTE
Actualizado
Enviar noticia por correo electrónico

Le va cogiendo el aire Almodóvar a eso de hablarle al mundo mientras sujeta un Oscar. Era un día raro, un revuelo de géneros: tragedia en el frente, comedieta al modo de Steve Martin en el escenario, dramas en la platea y musicales en la cabeza, donde Martin Scorsese, con cara del que friega los vasos sucios en la trastienda del garito, vio cómo la Academia se ciscaba en su monumental «Gangs of New York».

Un día francamente raro, en el que el director del Oscar al mejor documental, Michael Moore, había de conseguir más grandes titulares que el director del Oscar a la mejor película, Rob Marshall. Tan ladinamente raro que la nariz cobró un protagonismo de dedo acusador: el pegote nasal de Nicole Kidman para colgar de él a su Virginia Woolf; o esa especie de mango de paraguas que precede el rostro del actor Adrien Brody; o la nariz «sayón y escriba» del director Roman Polanski, que se le coló a Scorsese como un supositorio de amargura... Pues, en este día tan raro, fue en el que Pedro Almodóvar dijo lo que tenía que decir en cuarenta y cinco segundos clavados. O sea, que le va cogiendo el aire. Acuérdense de que la otra vez que subió allí arriba a estrangular su Oscar tardó cuatro o cinco minutos en no decir lo que quería decir, lo que dio lugar a que Penélope Cruz tirara de su manga después de elaborar su hasta ahora mejor frase: «¡Peeeiieeiedrooo!».

Personalmente, empecé a no entender nada de esta ceremonia del setenta y cinco aniversario incluso antes de que comenzara, cuando «conectaron» con la entrada al Teatro Kodak y allí había una alfombra roja. Durante varios días se había vapuleado esa alfombra roja como a una estera, hasta el punto de que ella fue una de las primeras bajas de la guerra: «se celebra la ceremonia, pero se levanta la alfombra roja». Pues allí estaba la alfombra, a la entrada, como siempre, tal vez algo más corta, menos pisoteada, pero igual de roja... Supongo, pues, que eso de la «alfombra roja» debía de ser una metáfora...

Y una vez dentro del Teatro, todo se tornaba inusual, extraordinario, casi circense: una mujer embarazada de nueve meses interpretó un número musical, y soportó la tensión de ganar y recoger su Oscar a la mejor actriz secundaria (Catherine Zeta-Jones). Un chavalote mexicano, Gael García Bernal, al que muchos de los presentes no habían visto en su vida, salió con ese desparpajo cítrico del «Indio» Fernández a apuntarles a todos con el cañón de su fierro. Un señor gordo, simpático y completamente americano llamado Michael Moore, subió con toda su «banda de música» a cantarle un corrido a Bush, y tenía un chorro de voz (quien llegó con un chisguete fue la actriz Susan Sarandon, que, de tanto chillar fuera, luego en el escenario apenas si dijo palabra)...

Y además de rara, fue una ceremonia fría. Sólo hubo calor en unos cuantos momentos: con una Olivia de Havilland increíblemente hermosa y lúcida, con un Peter O´Toole completamente juncal y entre ido y vuelto, con un Kirk Douglas velado de vejez y dispuesto a exprimirse públicamente ante el mundo hasta sus últimas gotas... Estos chispazos de calor entre tanta frialdad y tanto cálculo lo ponían a uno a pensar que tal vez sean ciertos esos presagios de que Hollywood ya no se refleja en los espejos.

Sí, salvo en contadísimos momentos, en alguna que otra aparición, o guiño, o quiebro, fue una ceremonia como sacada del congelador: se había envasado al vacío y se presentó allí, en la plataforma del Kodak como si fuera el platillo rotatorio de un microondas... Tan rara y fría que hasta la gran vencedora de la noche, «Chicago», que ganó media docena de premios, incluido el de mejor película, parecía estar completamente helada por dentro: Rob Marshall no ganó el Oscar al mejor director, con lo que, a la hora de los brindis y las pompas, debía andar, el hombre, a la caza y captura de alguien que no lo esquivara..., porque, ¿qué le dices?, ¿enhorabuena o lo siento?

Tan fría y extraña fue la gala que Julia Roberts salió a dar el premio a la mejor fotografía, y lo que es peor, a Pedro Almodóvar le anunció y entregó su Oscar al mejor guión original Ben Affleck, que ése sí que es «soso man»: dio la impresión de no saber ni qué premio daba, ni a quién, ni por qué. Allí estaba, como un mueble urbano puesto por el ayuntamiento, mientras que Pedro Almodóvar desmenuzaba sus cuarenta y cinco segundos en un inglés hecho en una trébede, como si fueran gachas..., y a Ben Affleck, completamente quieto, debió de asaltarle la siguiente duda: «¿Será el inglés mi segunda lengua?»...

En fin, una ceremonia tan extravagante que Sean Connery no llevó su falda escocesa.