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«La estirpe de Trujillo continúa en Castro y Chávez»

Luis Llosa, que en Hollywood ha realizado «El especialista» con Sylvester Stallone y Sharon Stone, «Anaconda» con Jennifer López o «Sniper» con Tom Berenger, hoy estrena en España «La fiesta del Chivo», a partir de la novela de su primo Mario Vargas Llosa

Luis Llosa dirige a Stephanie Leonidas y a Paul Freeman en una escena
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Luis Llosa decidió detener la cronología de la novela en la muerte de Trujillo

MADRID. Una gran cita familiar reunió en Madrid a Mario Vargas Llosa y a su primo y cuñado Luis Llosa, director de la adaptación cinematográfica de «La fiesta del Chivo»: la boda de Morgana, hija del novelista peruano. Felicidades. Día de buen humor y vísperas, también, de la Berlinale, donde se presentó en alta sociedad la película que protagonizan Isabella Rossellini (Urania Cabral), Tomás Milian (Trujillo), Paul Freeman (Agustín Cabral), Juan Diego Botto (el conspirador Amadito) y la bellísima Stephanie Leonidas (Urania adolescente).

-No es la primera película basada en una novela suya, pues el mexicano Jorge Fons ya se fijó en «Los cachorros» allá en 1973...

-Mario Vargas Llosa: Hay todavía una adaptación más antigua que hizo Lucho en Perú de otro cuento mío, «Día domingo», de «Los jefes»...

-Luis Llosa: Pues yo no estoy muy seguro ya si fue antes o después.

-También se ha filmado «La ciudad y los perros» (1985)...

-M: La dirigió Francisco J. Lombardi y contó con el poeta José Watanabe como guionista. También Lombardi realizó después la segunda versión de «Pantaleón y las visitadoras» en 2000...

-Aunque la primera, que data de 1975, la dirigió usted y no solo, sino en compañía de otros, con el español José María Gutiérrez Santos...

-M: ¡Esa película la podemos borrar del registro!

(Sonora carcajada al unísono)

-Bueno, seguramente era una película de bajo presupuesto...

-M: No fue una película de bajo presupuesto: produjo la Paramount. La catástrofe es toda responsabilidad mía. ¡Totalmente! Yo estaba en México escribiendo un guión para un documental sobre aquel accidente de aviación que un equipo de fútbol uruguayo sufrió en los Andes... De repente, me llamaron por teléfono para ofrecerme dirigir «Pantaleón...». Yo les dije que no era capaz ni de tomar fotos. Para poder entrar en los toros -que siempre me han gustado mucho- en épocas de gran insolvencia convencí a un amigo mío, fotógrafo de una revista, para que me dejara pasar por él. Entré en el callejón, estuve tomando fotos y se velaron... ¡todas! Bueno, todas menos una en la que sí aparecía un torero... bebiendo agua. Esos eran mis antecedentes. Y pensé: «¡Pero qué cosa disparatada!, ¿cómo voy yo a dirigir?»... Así salió la película.

-También han llegado a la pantalla «La ciudad y los perros», que se tituló «Yaguar» (Sebastián Alarcón, 1986) y que fue una producción soviética; y «La tía Julia y el escribidor» («Tune in tomorrow...», Jon Amiel, EE.UU., 1990) con Keanu Reeves, Barbara Hershey y Peter Falk...

-M: Y después «La tía Julia» también se hizo, creo que en Colombia, como telenovela en cincuenta capítulos que yo nunca vi.

-¿Qué impresión le produce ver su obra materializada en la pantalla?

-M: Siempre es una sorpresa porque, como escritor, uno tiene una idea bastante nublada de los personajes y de los ambientes. Cuando se escribe nunca se tiene la claridad, la nitidez, la precisión, la visualidad que da la cámara. Yo creo que el autor no debe aspirar a que el cine reconstruya con absoluta fidelidad una novela. Eso es imposible. Una novela está escrita con palabras y una película con imagenes: son dos lenguajes diferentes; lo importante es que la película no distorsione la novela, y que se tome las libertades necesarias para verterla en ese otro lenguaje. Lo importante es que salga una buena película y tiene que estar hecha con criterio cinematográfico. Al mismo tiempo sí tiene que haber, claro, una fidelidad al espíritu del texto de partida. Lucho ha conseguido dar una idea muy fiel de lo que es la historia esencial y con un ritmo bastante natural.

-¿Cómo afrontó Luis Llosa la adaptación?

-L: Hubo muchas discusiones valorando diversas opciones: «Hagamos fundamentalmente la historia de Urania que vuelve a República Dominicana a confrontar el pasado; o hagamos la historia de los conspiradores esperando en la carretera para matar a Trujillo y los flashbacks que muestran sus motivaciones; o hagamos el retrato del Chivo en sus últimos años». En cada una de esas opciones estábamos aludiendo a alguna de las realidades de la novela, pero no a «La fiesta del Chivo» en su conjunto. Parecía una labor muy difícil, por no decir imposible, poder reducir un texto de más de cuatrocientas y tantas páginas a los cien minutos, máximo dos horas, en los que se podía contar. Así que la primera decisión que tomamos fue limitar esa cronología hasta la muerte de Trujillo, porque la novela tiene un desarrollo posterior que cuenta la represión, las luchas e intrigas de poder, que nunca hubiéramos podido cubrir en la adaptación.

-Por la naturaleza misma de la historia que se cuenta se podría caer fácilmente en el gran guiñol o en una «Corte de los milagros» tropical.

-L: Mario puede ir mucho más lejos que yo al recrear escenas muy fuertes con gran riqueza de lenguaje. Eso en imagen puede resultar chocante. Uno de los problemas fundamentales era cómo lograr el tono. Trujillo es un personaje operístico que se mira mucho el gesto. El peligro siempre es hacer una caricatura. Y cuando tienes escenas de contenido sexual muy fuerte, no hay que resultar trucu1ento. La novela en sí y la propia realidad presentan esos dos aspectos tan cinematográficos. La dictadura de Trujillo tiene la luminosidad, la opulencia, la exuberancia de lo tropical que la hacen muy visual. Además, Trujillo era un tipo elegantísimo con un ropero lleno de uniformes impecables. Toda la gente que le rodeaba hacía cuestión de Estado de la pulcritud. Javier Salmones ha conseguido una excelente fotografía logrando ese contraste entre la parte luminosa de la tierra del merengue y las palmeras con el lado ominoso de Trujillo y su jefe de inteligencia, Johnny Abbes (Shawn Elliot). Eso está en la novela y en la realidad que te dan los testimonios de la gente y mi experiencia en la República Dominicana, donde yo había estado antes largo tiempo.

-¿Antes de «La fiesta....»?

-L: William Friedkin («French connection», «El exorcista») rodó el «remake» de «El salario del miedo» en Santo Domingo y yo tuve chance de asistirle en esa producción que era el Hollywood más babilónico, pues venía de dos éxitos como esos y tenía todos los bancos a sus pies. Aquella experiencia me permitió absorber lo que era el país. Y no se puede estar en República Dominicana conversando con amigos sin que se hable de Trujillo. Tampoco la televisión, la radio o los periódicos dejan pasar un día sin hablar de él.

-Grandes novelas como «Tirano Banderas» de Valle, «El señor presidente» de Asturias, «Yo, el Supremo» de Roa, o «El otoño del patriarca» de García Márquez, aunque puedan ser ficciones, tienen mucha carne y realidad... ¿Verán los espectadores a Castro en la faz del Chivo?

-M: Yo creo que sí, Trujillo es otro eximio representante de una especie -la del dictador latinoamericano- que no está extinta y que no acaba en Castro, sino que sigue con Chávez dispuesto a continuar la tradición. La película muestra esa realidad totalmente estructurada alrededor de la voluntad omnímoda de un caudillo, de un jefe máximo. Yo creo que la asociación vendrá naturalmente. Y no sólo con América Latina, sino con todos esos dictadorzuelos que hay en África y en tantas otras partes del mundo, y que son, digamos, pequeñas variantes locales que encajan perfectamente dentro de ese molde. La franca abdicación de una sociedad frente al déspota que toma decisiones por todos; y el temor generalizado a caer en desgracia y que lleva a extremos terribles de servilismo e indignidad son sus temas centrales. Cuando salió el libro hubo reacciones en Dominicana como una carta en un diario que decía: «Mi hermana vivió una historia muy parecida a la de Urania Cabral. Éramos una familia trujillista y tuvimos que irnos del país. Mis padres murieron de la vergüenza que significó esa historia». Ese tipo de cosas que pasan en la novela y en la película son las secuelas inevitables de un sistema en el que el dictador tiene derecho sobre vidas y haciendas. Trujillo era dueño de lo que había allí y también de sus gentes. La historia de las placas que la gente ponía en casa diciendo «Aquí Trujillo es el Jefe» revelaban lo que ocurría realmente. Además, esas placas las fabricaba una empresa que era propiedad de Trujillo.

-L: Cuando leí la novela me fue inevitable la identificación entre Johnny Abbes, jefe de inteligencia de Trujillo, y Vladimiro Montesinos, que lo fue con Fujimori. Había muchos elementos de similitud.

-M: Las dictaduras generan este tipo de personajes como el brujo López Rega en la Argentina de Isabelita Perón...

-L: Pero a mí, más que la pura cuestión política de tipos como Montesinos o Abbes, me han interesado las terribles consecuencias humanas de todo aquello.

TULIO DEMICHELI

mo se puede considerar normal el nivel de pérdida de fondos mo se puede

entrevista a MARIO VARGAS LLOSA y LUIS LLOSA novelista y director de cine