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Eloy de la Iglesia: «La inmigración es una de las nuevas caras de la marginación»

Director maldito y uno de los protagonistas del cine de la transición, Eloy de la Iglesia, que vuelve a rodar tras veinte años de paréntesis, es jurado del Festival de Cine de Comedia de Peñíscola, que concluye mañana tras una semana de proyecciones.

PEÑÍSCOLA. Ruth Medina
Actualizado
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Eloy de la Iglesia no dudó en su día en remangarse y hundir sus manos en la marginación. Tanto se acercó que puso su propia integridad en la cuerda floja. Hoy, con una generación de por medio, su obra puede  entenderse como una crónica desgarrada de una época de España. «El diputado», «Colegas», «Navajeros», «El pico», «La estanquera de Vallecas»... son algunos de los títulos de este director. Tras veinte años de paréntesis forzado, ha vuelto, como siempre arriesgando, con la versión de «Calígula», de Albert Camus, que emitió TVE el pasado martes.
—Hasta para adaptar una obra de teatro se va usted a una con componentes sórdidos. ¿Disfruta retorciendo las tripas del espectador?
—Sí, me gusta lo sórdido. En el caso de «Calígula» ha sido una interesante peripecia intelectual. Hay veinte siglos de por medio y las miserias humanas siguen siendo las mismas. Trata de la más terrible de ellas, la crueldad que llevamos todos dentro cuando ejercemos la libertad desde sus primeras consecuencias. Se han escrito muchas frases bonitas sobre la libertad, que termina donde empieza la de los demás, etcétera. No es cierto. Si se ejerce, entra en fricción con la ajena desde el principio. «Calígula» es un texto difícil, no es una comedia pero sí tiene humor. Es una parodia de la tragedia, tiene un sentido iconoclasta terrible. Y es un gran reto emitirlo a las diez de la noche, y mucho más siendo teatro, porque en este país la palabra teatro espanta.
—Usted fue la cabeza de un género, el melodrama urbano marginal, que ahora reivindican directores de nueva hornada. ¿Se siente pionero?
—Ahora responden generacionalmente a otros planteamientos. No creo que haya una tendencia dramatizadora como gancho comercial. La literatura tiene más de un milenio de antigüedad y el cine sólo cien años. Los americanos, por ejemplo, siempre han mostrado sus guerras y sus dramas nacionales en sus películas, no así el cine español. Calparsoro tiene la gentileza de decir que se siente discipulo mío, y es cierto que hay grandes coincidencias. La razón es que, a partir de la transición, las reglas del juego siguen siendo las mismas hasta hoy. También ocurre en las comedias. Hay películas de Ozores de aquella época que se calcan estructuralmente ahora.

CINE DE AYER Y DE HOY
—¿Piensa que políticamente los cineastas actuales no se implican como lo hacía usted entonces?
— Lo que ocurre es que los cineastas de hoy no han vivido el desencanto tras la supermilitancia, ni han luchado contra la censura. Todavía no entiendo como nadie ha hecho una película sobre los GAL. Yo incluí una cita explícita en «El pico II», pero si no hay nadie a quien le apetezca hacerlo, no se puede obligar a la gente. Hay excepciones, claro.
—Dígame una...
-—«Yoyes», de Helena Taberna, es una película más que valiente, peligrosa diría yo.
—¿Qué opina de películas como «Barrio», de Fernando León, que tanto recuerdan su estilo de filmar?
—«Barrio» es una película muy bien resuelta, pero, sin entrar en críticas, no hay un reconocimiento de la realidad del submundo. Ha estilizado demasiado la ideología de los personajes. Con los chicos que aparecían en «Perros callejeros» o en «Navajeros» no estoy de acuerdo ideológicamente, pero esos chicos son los marginales de verdad y siguen existiendo hoy, con su brutal ideología.
—¿Vuelve usted a la carga?
—Sí. Este otoño empiezo el rodaje de «Los novios búlgaros», una adaptación que Fernando Guillén Cuervo y yo hemos hecho de la novela de Eduardo Mendicutti. También es una historia de marginación, pero de la nueva forma de inadaptación forzada, la de los inmigrantes, porque la inmigración es una de las nuevas caras de la marginación. No quería que el personaje fuese un subsahariano, ni un sudamericano, que son los primeros que nos vienen a la mente al pensar en marginales, sino de esa otra inmigración, la de ojos azules que, a menudo, viene con un título universitario bajo el brazo que no le sirve de nada. Los que empiezan prostituyéndose y acaban cayendo en mafias mayores.