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Cruzadas y encrucijadas: «El Reino de los Cielos»

Una escena bélica. Hasta 35.000 figurantes llegaron a actuar en las batallas

Los duelistas», «Alien», «Blade runner», «La sombra del testigo», «Black Rain», «Thelma y Louise» o «Gladiator»; es un cineasta que sabe inocularle poesía al miedo, o miedo a la ciencia ficción, o tristeza al éxito, o grandeza a la aventura. Ridley Scott tiene en su mano el difícil don de hacer íntimo lo exagerado, de convertir el cine grande, el espectáculo enorme, en algo exclusivo para tu oído. Sus películas, monumentales, de algún modo consiguen acurrucarse en el regazo del espectador y pertenecerle por completo, como un perrillo de compañía. Con «El Reino de los Cielos» pasa exactamente eso.

Hay tantos modos de ver, de entender y de analizar este colosal ejercicio cinematográfico que desde aquí no se aspirará a otra cosa que a apuntar sólo algunos de los más evidentes. La historia nos sitúa en el siglo XII, en Jerusalén y entre la segunda y la tercera Cruzada; es decir, una época y unas circunstancias que realmente sobrepasan cualquier cálculo y a la más audaz de las miradas; pero, al tiempo, Ridley Scott nos ofrece un personaje, un hombre sencillo, un herrero, cuya actitud, temple, dirección y sentido le permitirán a cualquier espectador ese tú a tú con una película tan enorme y trascendental.

Esa trascendencia de origen en la historia que se cuenta (nada menos que los cimientos de las civilizaciones tal y como hoy las conocemos), adquieren con el fragor narrativo de Scott una vigencia metafórica asombrosa: pasaba entonces exactamente lo mismo que pasa ahora, casi mil años después. Con sólo media docena de personajes, entre los miles y miles que aparecen en la pantalla, la película nos hace un diagnóstico brutalmente nítido del pasado, del presente y del futuro de esa ciudad que Dios, o los dioses, dejaron como un indiviso envenenado a demasiados herederos genuinos. Esos personajes están dibujados magníficamente en «El Reino de los Cielos», no sé si históricamente, pero sí, al menos, cinematográficamente: gran construcción del héroe que encarna Orlando Bloom, que es honesto y honrado, virtudes que tanto se han perdido hoy, que se confunden, y que subrayan esa distinción tan eficaz en el cine entre la nobleza de corazón y la nobleza de sangre; excelente el fondo y la forma conseguidos para el rey musulmán Saladino (que encarna impecablemente el cineasta sirio Ghassan Massoud); trágica reconstrucción de la rara presencia del Rey cristiano de Jerusalén Balduino IV, enfermo de lepra y parapetado tras una máscara dorada (Edward Norton es quien está detrás de ella)... O los personajes clichés de las pasiones de la guerra y del amor, encarnados por Liam Neeson, Jeremy Irons, Brendan Gleeson o Eva Green... Con sólo ellos y poco más, se baja la monumental película a ras de tierra, se le sirve maciza, pero porosa, al espectador, y sin rasparle por ello ni un gramo de épica ni de lírica.

Hay mucha acción, grandes batallas, pequeñas traiciones e insidias palaciegas, romances imposibles, unas reconstrucciones maravillosas de la época y los lugares (se ha rodado en España y en Marruecos), una visión inimaginable de aquella Jerusalén... Tal vez todo esto sirva para darle cauce o sentido a otros modos de analizar esta película, y nunca faltarán historiadores o expertos que encuentren gazapos y anacronías del tipo de que si el cuenquillo del agua en aquella época era cuadrado o si el velo sólo tapaba hasta la media espalda... Chorradas en una pantalla de tanta anchura y, al tiempo, tan cercana y que rezuma verdad cinematográfica aunque el cuequillo sea redondo, vaya por Dios, o por Alá. Y ya sólo una espuela: si hay una persona a la que, quizá, no le convenga ver «El Reino de los Cielos», ésa es José Luis Rodríguez Zapatero, pues con sus ya célebres teorías sobre el «encuentro de civilizaciones» puede cogerse un mareo importante.

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